
La Asunción de María al cielo, del latín eclesiástico, assumptio, "elevación de la Virgen desde la tierra al cielo" (siglo I). Por su significado teológico, esta solemnidad destaca dentro del tiempo ordinario en la liturgia de la Iglesia universal. La citada celebración en sí misma es compendio y síntesis de profusas verdades de la fe. María, en su Asunción desde la Tierra al cielo, es testimonio de la abundancia y eficacia de la obra salvífica del Creador. Es para la humanidad la imagen y la consoladora prenda del cumplimiento de la esperanza al final de nuestra vida, porque su glorificación es plena, es el destino de aquellos que Cristo ha hecho sus hermanos. Asimismo, es la garantía de la fidelidad del Señor a su promesa; una recompensa a su Humilde Sierva, por su adhesión al plan divino. Tal glorificación en su asunción a los cielos, significa que su cuerpo virginal, en configuración con el Hijo resucitado, no conocería la corrupción después de su muerte. El Siervo de Dios Pío XII (1939-1958) proclama este Dogma (del griego, dógma, -atas, "decisión, decreto". Verdad que debemos creer, a la luz de la fe) el 1 de noviembre de 1950, en la Constitución Munifieentissimus Deus. La celebración se originó en Oriente hacia el siglo VI, que se fija en esta fecha y posteriormente pasó a Occidente en el siglo VII. Iconografía: numerosas representaciones pictóricas, de acuerdo con la creatividad de cada autor, presentan a María Santísima sobre nubes, con vestido blanco y manto azul, con la característica de que tales prendas ondean en el aire al elevarse hacia las alturas, rodeada por ángeles; en lo alto la reciben Dios Padre y Dios Hijo.
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