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Orar con los salmos

¿A quién no le gusta aprender nuevos idiomas? Pues bien, hoy el Santo Padre en su audiencia general nos ha descubierto cuál es la gramática para aprender a hablar un nuevo idioma, el idioma de Dios: rezar con los Salmos.
Cuando un niño aprende a hablar, lo hace con el lenguaje que escucha en su casa… y al final la lengua de sus papás se convierte en la suya propia. El niño expresa sus propios sentimientos, ideas, emociones, pero con el lenguaje que ha recibido de los papás. Dado que el idioma de Dios es la Biblia y los salmos son oraciones dirigidas a Él (e inspiradas por Él), cuando uno reza con los salmos se dirige a Dios con su mismo lenguaje. Rezamos con sus palabras.

Un salmo bíblico es el resultado de la inspiración que Dios da a una persona que, a raíz de su experiencia íntima con el Señor (súplicas, lamentaciones, angustias, alabanzas, agradecimientos sinceros, manifestaciones de gozo interior, etc.), plasma dicha experiencia espiritual por escrito para que muchos siglos después tú puedas leer su experiencia, apropiártela, y dirigirte a Dios con las mismas palabras que Él ha inspirado. En este sentido, con los salmos se da una experiencia única: al ser Palabra de Dios, Dios nos habla; pero al ser oraciones dirigidas a Él, nosotros hablamos a Dios. Es decir, en los salmos se verifica un movimiento circular: nosotros hablamos con Dios y Él nos habla a través de las palabras que le dirigimos.

Haz la experiencia: toma algún salmo que te guste y léelo detenidamente, tratando de comprender la experiencia espiritual que se esconde detrás del mismo. Luego rézalo otra vez como si fuera tu propia experiencia. Ya verás qué diferencia.

Te sugiero algunos: el salmo 3 (cuando estás inquieto/a por tus problemas), el salmo 13 (cuando crees que Dios ya no te escucha), salmo 46 (cuando necesitas aumentar tu confianza en Dios), salmo 88 (cuando estás en la extrema aflicción), salmo 139 (te ayudará saber que Dios conoce lo que hay en tu corazón), salmo 23 (la experiencia de la confianza plena en el Pastor), salmo 30 (la experiencia de la felicidad después de la tristeza), salmo 50 (la petición de perdón por el pecado cometido).
P. Francisco Armengol, L.C

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