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Caminando al Bicentenario a la luz de la espiritualidad carmelitana

Los orígenes
La espiritualidad carmelitana hunde sus raíces en el bíblico Monte Carmelo en Palestina. Ahí quedo plasmado el sacrificio y aporte  del Profeta Elías al monoteísmo judío, defendiendo los derechos del Dios de Israel por sobre los de Baal[2].
En ese mítico Monte Carmelo, en el siglo XIII, un grupo de caballeros que habían venido a defender los derechos de la Iglesia, más concretamente el sepulcro de Cristo, decidieron no volver a Europa y siguiendo el ejemplo del profeta Elías deciden llevar vida eremítica. Las numerosas cuevas del monte les sirvieron de celdas donde oraban, purgaban sus pecados y contemplaban a Dios en su oración, en contacto con la naturaleza que les daba de comer. Luego, le  pidieron al obispo de Jerusalén, una “Regula vitae” o regla de vida. San Alberto de Jerusalén, escribió una fórmula de vida, que hoy conocemos como Regla Carmelitana entre 1206-1209. Este documento es hasta la fecha la única Regla promulgada en Tierra Santa, todavía en vigencia en la Iglesia y en la familia del Carmelo.
En la cumbre del Monte levantaron el monasterio, y en medio de las celdas construyeron una capilla en honor de la Virgen María. Para esos primeros carmelitas la Virgen fue honrada con los títulos de Señora del lugar, Patrona del Orden y Hermana mayor en el seguimiento de Cristo y de cada fraile.

Los místicos del Carmelo
La Regla del Carmelo manda “orar día y noche”[3] para poder “vivir en obsequio de Jesucristo sirviéndole lealmente con corazón puro y buena conciencia”[4]. Esto lo comprendieron como un vivir de cara a Dios por medio de la oración diaria, por la mañana y la tarde, para fortalecer el seguimiento de Cristo. El silencio, el trabajo y esa disposición interior para buscar a Dios en la propia vida, la contemplación, hizo de esta espiritualidad una escuela de oración en la Iglesia.

El Cristo que ora al Padre y nos convida a su diálogo es lo que debemos imitar para introducirnos en el misterio del hombre y de Dios, que tiene la iniciativa para dialogar con Él.
El aporte de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz a la espiritualidad cristiana y carmelitana hacen que esta escuela alcance su vértice en lo místico y en lo humano. La reforma y fundación del nuevo Carmelo supuso no sólo levantar conventos y monasterios, sino que contribuir, con la propia experiencia labrada en la oración y contemplación, a la realidad que la Iglesia y el hombre vivía en ese momento, y a lo que debía ser la Iglesia y el cristiano para cumplir su misión profética de denuncia y renovación. Teresa de Jesús con sus monjas y su experiencia, traducida en escritos, dignificó el lugar de la mujer en la Iglesia enseñándoles a orar, no a rezar, que ya sabían. Orar es diálogo de amor con quien nos ama[5] y enseña. Esto suponía descubrirles su mundo interior, sentirse  habitadas por un Dios vivo y dialogante en su castillo interior. La llave de ese castillo es la oración[6] para ir al encuentro de Jesucristo. La renovación de la Iglesia y del mundo viene, en el pensamiento de Teresa, de formar “amigos fuertes de Dios”[7], cristianos que ayuden al Señor y a los ministros de la Iglesia a defenderla, del protestantismo en ese momento, hoy de la increencia e indiferencia. El orante debe ser una fortaleza donde los intereses de la humanidad y de la Iglesia se reúnan y presenten en actitud contemplativa al Señor, y desde ese estado, actuar y proponer caminos de diálogo y compromiso serio en la evangelización, primero del cristino y luego de la realidad que lo circunda.
El místico carmelita, Juan de la Cruz, mira y contempla al hombre desde Jesucristo. Lo contempla dañado por el pecado, herido, y decide restaurarlo desde lo interior. El método será la vida teologal, para responder a las ansias de muchos de sus dirigidos por avanzar en la vida espiritual más allá de las purificaciones, hasta consumar la unión con Dios[8], por una parte; pero también para hacer de su propia experiencia un camino de encuentro con Dios para los cristiano interesados en corresponde a la iniciativa divina. En el caso de ambos místicos la experiencia se hace doctrina y ésta se plasma en tratados de vida mística: Vida, Camino de Perfección y Moradas, en el caso de Teresa; el santo: Subida del Monte Carmelo, Noche oscura, Cántico y Llama de Amor viva[9].
La fe y el amor son la luz y los pies para avanzar en el conocimiento personal y del misterio de Dios que se abre con la noticia amorosa que inicia esta búsqueda del Amado[10]. La vida teologal purificará  el modo de creer en Dios hasta creer en el Dios Padre que nos enseñó Jesús, adquirir, la inteligencia del misterio divino; la esperanza purificará nuestra memoria creando vacío y poniendo en ella la noticia de la vida eterna, única posesión que debemos alcanzar, y la caridad hará de nuestra voluntad, una con la de Cristo hasta la unión de amor. Las noches oscuras hacen experimentar al hombre su fragilidad y la profunda necesidad de purificación en lo sensitivo y espiritual para que sea Dios quien lo restaure en Cristo y ser criatura nueva[11]. Que nada ocupe el lugar de Dios en el alma del cristiano.
La visión del hombre en la mística carmelitana nace de la experiencia personal de Teresa y Juan de la Cruz, pero además del lenguaje y categorías espirituales que aportan describiendo magistralmente el camino de la mística cristiana[12]. La mirada que dan al camino la hacen desde la cumbre de la perfección, es decir, desde un camino recorrido y conocido; desde lo interior del hombre y desde el seno del misterio de Dios Trinidad.

En camino al Bicentenario
La patria chilena contó con la espiritualidad carmelita desde 1690, cuando en Santiago se fundó el primer monasterio de Carmelitas Descalzas de San José. Por esa fecha se fundaba en Concepción, la primera Cofradía del Carmen, impulsada por los religiosos agustinos. Los Padres Carmelitas llegaron en 1899.
En el primer Centenario el año 1910, una niña celebraba el magno acontecimiento como chilena, pero además como cristiana: Juanita Fernández hacía su primera comunión un día 11 de Septiembre de 1910[13].
Más allá del carácter devocional de la fiesta del Carmen como feriado civil, la reflexión en vista del Bicentenario debe ir por otros caminos. Será contemplar el futuro de Chile con ojos de mujer, los de María del Carmen.
Como Madre del Carmelo y de Chile la mirada de María es a la realidad que nos toca construir para el futuro desde lo que vivimos hoy.   

El Chile del futuro debe tener mucho de humano y cristiano. La compleja realidad que nos rodea está perdiendo valores que son propios del ser humano y de lo cristiano. La cultura digital y económica nos hace olvidar que somos seres con emociones y necesidades que cubrir; con capacidades que tocan lo infinito para amar y entrar en comunión con Dios y entre nosotros. La tarea de la educación consiste en mostrar al hombre y la mujer de esta tierra, no sólo las capacidades intelectuales o de contenidos que puede recibir, sino sobre todo, lo que la persona puede dar y aportar en el campo de la razón, y el formar al ser humano para que responda al designio del Creador[14].

La cultura que respiramos se olvida del hombre integral para favorecer sólo al hombre que consume. Este aspecto es el menos importante a la hora de formar al hombre integral que sabe equilibrar sus necesidades básicas, con sus aspiraciones más profundas como el sentido de la propia existencia, la felicidad en la entrega generosa a la hora de amar y ser amado. Rescatemos lo humano para ser de verdad hombres que aman la vida que hemos recibido, para saber respetarla desde su concepción hasta su desenlace final.

El Chile del futuro debe ser más familia contra el egoísmo de nuestra sociedad. El egoísmo y todos sus hijos  aprietan la carne del chileno de hoy, que sin fe, sucumbe y destruye el núcleo familiar dejando heridos a los esposos e hijos sin un futuro cierto. La familia, que es la Iglesia, debe insistir en acompañar a los nuevos esposos para que el amor esponsal sea cuidado y fortalecido por la capacidad de entrega y sacrifico de la propia vida al ser amado.
Los padres deben acompañar a sus hijos en los momentos más cruciales de su joven existencia, y evitar que crezcan en la más absoluta soledad. En el caso de los hogares cristianos, que sea Cristo el centro de la vida familiar, en el cual luces y sombras del diario vivir tengan una respuesta desde la fe. Con esto no quiero más que establecer que las familias constituidas sean cristianas o no sean más en los valores y dinámicas internas, que en el tener y gozar.

El Chile del futuro tiene rostro de mujer y de niño. Muchas veces, en la lucha por sus derechos, se cae en extremos que hacen que las mujeres olviden la función que Dios Padre le concedió: ser esposa y madre cristiana. Cuando lo profesional suple estas funciones las consecuencias son poco felices para ella y para los suyos. Si puede distribuir su tiempo y habilidad para cumplir en estas tres áreas, hablamos de una mujer responsable con su vocación. Es verdad  que  muchas veces, la mujer debe sacar adelante sola a su familia, y eso es admirable y digno de elogio. En situaciones normales los derechos de la mujer y del niño no sólo deben discutidos y defendidos, sino que se debe crear una cultura que salvaguarde estos roles sagrados confiados por Dios a la mujer, para generar una humanidad nueva. En el rostro de los niños, que son pura disponibilidad, hay que mirar el futuro del hombre y de la mujer que queremos para este país, donde todos tengan derecho a la salud, a la educación y sobre todo a una familia unida a través de esposos responsables.

El Chile del futuro tiene rostro joven y solidario. Se habla mucho de la irresponsabilidad de los jóvenes, pero no de la mayoría. Hay un alto porcentaje de jóvenes que son responsables de su futuro, de su vida familiar y también de su fe. Ellos poseen las ganas de vivir, frescas y lozanas, que la propia existencia  se encarga de madurar con el paso del tiempo. Todas esas energías las emplean no sólo en sus intereses personales, sino que en campañas de evangelización, nutrición de su fe en los movimientos eclesiales, y en ser solidarios con sus hermanos más pobres, sin distinción de credos o ideas políticas. Están, y están ahí para servir. Este caudal humano y juvenil de experiencias no se debe perder en la Iglesia y comunidades parroquiales, porque de ahí surgen los cristinos del futuro. Pobres y necesitados siempre tendremos y jóvenes también habrá, pero ¿serán tan generosos como hoy con su vida, con su tiempo? Eduquemos hoy para cosechar mañana frutos de santidad juvenil y vocacional, al estilo de Teresa de Los Andes.  
Los místicos y los santos son hombres y mujeres que han alcanzado la plenitud en lo humano y en lo espiritual. Son expertos conocedores de los caminos del espíritu humano, como el caso de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, pero también del paso de Dios por la vida del creyente y del orante. Chile necesita de Dios y Dios de los hijos de esta patria, para continuar la historia de salvación que a todos en su Hijo trae toda clase de bendiciones.
Los que nos sentimos Iglesia necesitamos ser cada vez mejores cristianos desde dentro,  donde se encuentra la fuente de la verdadera felicidad y así dar motivos para que los chilenos del mañana tenga motivos para creer en Dios[15].
El Carmelo ha querido ser en la Iglesia chilena, desde la promoción de la vida espiritual, una instancia de encuentro, de diálogo con Dios  para el orante  que emprende la subida al monte de la perfección que es Cristo.     
Que la Virgen del Carmen, Madre de la Iglesia, que supo lo que significa ser Madre y esposa, perseguida y dueña de un hogar, vele por los intereses confiados a su continua intercesión ante su Hijo, en este Bicentenario de nuestra querido Chile.

P. Fr. Julio González Carretti, OCD[1],Artículo publicado en Revista SERVICIO n.º 279 (2007)



[1] El P. Julio González Carretti es Fraile Carmelita. 
[2] Cfr. 1Re 18,20-46.
[3] Regla n.8.
[4] Regla n.2
[5] El texto teresiano dice así: “Que no es otra cosa oración mental a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” V 8,5. Siglas:
[6] El texto teresiano dice así: “Porque, a cuanto yo puedo entender, la puerta para entrar en este castillo es la oración y consideración, no digo más mental que vocal” 1M 1,7.        
[7] El texto teresiano completo dice así: “Miren no escondan el talento, pues parece las quiere Dios escoger para provecho de otras muchas, en especial en estos tiempos que son menester amigos fuertes de Dios para sustentar a los flacos” V 15,5.
[8]  El Concilio pone la unión con Dios como la máxima expresión de la dignidad humana Cfr. GS 19.
[9]  Siglas: De Santa Teresa de Jesús: CV = Libro de Camino de Perfección; V = Libro de la Vida; 
M =Libro de las Moradas. De San Juan de la Cruz: S = Libro de la Subida del Monte Carmelo; N = Noche Oscura; CB = Cántico Espiritual.
[10] El texto sanjuanista completo es: “Porque la fe, que es el secreto que habemos dicho, son los pies con que el alma va a Dios, y el amor es la guía que lo encamina” CB 1,11.
[11] “Lo tercero que ha de tener para llegar a este monte alto es las vestiduras mudadas. Las cuales, mediante la obra de las dos cosas primeras(noche del sentido y del espíritu), se las mudará Dios de viejas en nuevas, poniendo en el alma un nuevo entender de Dios en Dios, dejando el viejo entender de hombre, y un nuevo amar a Dios en Dios desnuda ya la voluntad de todos sus viejos quereres y gustos de hombre, y metiendo al alma en una nueva noticia, echadas ya otras noticias e imágenes viejas aparte, y haciendo cesar todo lo que es de hombre viejo, que es la habilidad del ser natural, y vistiéndose de nueva habilidad sobrenatural según todas sus potencias.  De manera que su obra, ya de humano se haya vuelto en divino, que es lo que se alcanza en estado de unión, en el cual el alma sirve de altar, en que Dios es adorado en alabanza y  amor, y sólo Dios en ella está” 1 S 5,7.
[12] Cfr. Carta Encíclica de Juan Pablo II, San Juan de la Cruz, maestro de la de fe, con ocasión del IV aniversario de la muerte del Doctor de la Iglesia, Roma, 14 de diciembre de 1990. Buena síntesis para quien se inicia en la mística sanjuanista.
[13] Diario 6.
[14] Teresa de Jesús habla del alma humana como un castillo todo de cristal, para hablarnos de la belleza de un alma en gracia de Dios, como imagen y semejanza de su Creador. Cfr. 1M 1,1.
[15] Jn. 17, 21.

Páginas web:
Especial de Iglesia.cl
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