Mi vida está dulcemente encadenada a un buen
puñado de mujeres. Empiezo por mis abuelas, a quienes siempre tengo presentes
porque me regalaron maravillosas lecciones de humanidad y familia. De hecho,
ellas fueron el eslabón por el que se transmitió la fe a mis padres, con una
piedad que –entre otras muchas manifestaciones- desgranaba las cuentas del
rosario con la naturalidad de quien vive un compromiso amable y diario con la
Virgen. Esta cadena, que bien pudiera estar entrelazada de flores, me liga de
modo muy especial a mi madre, que en la niebla de mi primera infancia me enseñó
a recitar el Avemaría con la naturalidad de quien habla con la Madre del Cielo,
a quienes todos los seres humanos estamos unidos en un mismo grado de
parentesco espiritual. Gracias a ella, el rezo del rosario se transformó en
parte del paisaje de mi hogar, no como un recurso para momentos de angustia
–que también- sino como una dulce multiplicación de piropos encendidos que
pueden hilvanarse por la calle, en una iglesia, durante un viaje o al visitar
un santuario. Y ahora que mis abuelas y mis padres están junto a Dios, soy yo
quien ha lanzado la misma cadena de flores a mi mujer, y junto a ella, a
nuestras dos hijas, aún pequeñas, que poco a poco descubren la presencia de la
Madre de Dios por los rincones de nuestra casa.
Escuché a un sacerdote decir que “todas las
madres son santas por el mero hecho de haber transmitido la vida”. No sé si es
teológicamente correcta semejante aseveración, pero adivino en ella un reflejo
de esta exclamación del Avemaría: “Bendita tú eres entre todas las mujeres”,
que tiene ecos de declaración angélica por más que brotara de los labios de
Isabel. Por tanto, tiene ecos de auténtica Verdad.
La mujer detenta muchos atributos divinos.
Principalmente el de la generación y transmisión de la vida, y el del celo por
el bien de sus hijos, eso que llamamos instinto maternal, que más que una
impronta biológica es pálido reflejo del amor infinito con el que Dios nos
desea, nos busca, nos espera, nos recibe, nos abraza y nos corona como
herederos de toda su Majestad. Es el desvelo de santa Mónica y de tantas madres
que anhelan reunir a sus hijos en la felicidad sin fin del Paraíso.
De tantas veces como repetimos el Avemaría,
apenas nos damos cuenta de que proclamar “Bendita tú”, convierte a María en el
arquetipo de todas las madres, en el modelo de mujer al que ellas deberían
aspirar. La salvación viene a través de la belleza y no hay nada más bello que
una mujer que se esfuerza por cumplir con todos los grados de su amor materno.
Por Miguel Aranguren

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