¡Queridos hermanos y hermanas!
En catequesis pasadas hemos meditado sobre
algunos salmos que son ejemplos de los géneros típicos de la oración: lamento,
confianza, alabanza. En la catequesis de hoy querría detenerme en el salmo 119
según la tradición judía, 118 según la tradición grecolatina: un salmo muy
particular, único en su género. Antes que nada lo es por su extensión: está
compuesto, de hecho, por 176 versos divididos en 22 estrofas de 8 versos cada
una.
Después tiene la particularidad de ser un
“acróstico alfabético”: está construido según el alfabeto hebreo que está
compuesto de 22 letras. Cada estrofa corresponde a una letra de este alfabeto y
con esta letra comienza la primera palabra de los ocho versos de la estrofa. Se
trata de una construcción literaria original y muy difícil, en la que el autor
del salmo tuvo que desplegar todo su ingenio. Pero lo que para nosotros es
importante es el tema central del salmo: es un imponente y solemne canto sobre
la Torah del Señor, es decir sobre la Ley, término que, en su acepción más
amplia y completa, hay que entender como enseñanza, instrucción, directiva de
vida; la Torah es revelación, es la Palabra de Dios que interpela al hombre y
que provoca en él la respuesta de obediencia confiada y de amor generoso. Y de
amor por la Palabra de Dios de lo que esta impregnado todo este salmo, que
celebra la belleza, la fuerza salvífica, la capacidad de dar alegría y vida.
Porque la Ley divina no es un yugo pesado de esclavitud, sino don de gracia que
nos hace libres y que nos lleva a la felicidad. “Mi alegría está en tus preceptos:
no me olvidaré de tu palabra” (v.16), afirma el Salmista; y después: “Condúceme
por la senda de tus mandamientos, porque en ella tengo puesta mi alegría”
(v.35); y de nuevo: “¡Cuánto amo tu ley, todo el día la medito!” (v.97). La ley
del Señor, su Palabra, es el centro de la vida del orante; en ella encuentra el
consuelo, la medita, la conserva en su corazón: “Conservo tu palabra en mi
corazón, para no pecar contra ti” (v.11), y este es el secreto de la felicidad
del salmista; y aún más: “Los orgullosos traman engaños contra mí: pero yo
observo tus preceptos” (v.69).
La fidelidad del salmista nace de la escucha de
la Palabra, de custodiarla en lo más íntimo, meditándola y amándola, como
María, que “custodiaba, meditándolas en su corazón” las palabras que le habían
sido dirigidas y los sucesos maravillosos en los que Dios se revelaba, pidiendo
su sí(cfr Lc 2,19.51). Y si nuestro salmo comienza con los primeros versos
proclamando “beato” a “quien camina en la Ley del Señor” (v.1b) y a “quien
custodia sus enseñanzas” (v.2a), es también la Virgen María la que lleva a
cumplimiento la perfecta figura del creyente descrito por el salmista. Es Ella,
de hecho, la verdadera “beata”, proclamada como tal por Isabel por “haber
creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor”(Lc 1,45), y
es de Ella y de su fe de quien el mismo Jesús da testimonio cuando, a la mujer
que gritaba “Bendito el seno que te ha llevado”, responde: “Felices más bien
los que escuchan la Palabra de Dios y la practican”(Lc 11,27-28). Cierto, María
es bendita porque en su seno llevó al Salvador, pero sobre todo porque acogió
el anuncio de Dios, porque fue una guardiana atenta y amorosa de su Palabra.
El salmo 119 está, por tanto, tejido en torno a
esta Palabra de vida y de bendición. Siendo su tema central la “Palabra” y la
“Ley” del Señor, aparecen en casi todos los versos, sinónimos como “preceptos”,
“decretos”, “mandatos”, “enseñanzas”, “promesa”, “juicio” y muchos verbos
relacionados como observar, comprender, conocer, amar, meditar, vivir.
Todo el alfabeto se desarrolla a través de las
22 estrofas de este Salmo, y también en el vocabulario de la relación confiada
del creyente con Dios; en él encontramos la alabanza, la acción de gracias, la
confianza, aunque también la súplica y el lamento, siempre impregnado de la
certeza de la gracia divina y de la potencia de la Palabra de Dios.
Incluso los versículos más marcados por el dolor
y por la sensación de oscuridad permanecen abiertos a la esperanza y están
impregnados de fe. “Mi alma está postrada en el polvo:
devuélveme la vida conforme a tu palabra”
(v.25), ora confiado el Salmista; “Soy como un odre expuesto al humo, no me
olvido de tus preceptos” (v.83) es el grito del creyente. Su fidelidad, aunque
puesta a prueba, encuentra la fuerza en la Palabra del Señor: “Así responderé a
los que me insultan, porque confío en tu palabra” (v.42), afirma con firmeza; y
también ante una perspectiva angustiosa de la muerte, los mandatos del Señor
son su punto de referencia y su esperanza de victoria: “Por poco me hacen
desaparecer de la tierra; pero no abandono tus preceptos(v. 87).
La ley divina, objeto del amor apasionado del
salmista y de todo creyente, es fuente de vida. El deseo de comprenderla, de
observarla, de orientar hacia ella todo el propio ser es la característica del
hombre justo y fiel al Señor, que la “medita día y noche”, como recita el Salmo
1 (v.2); es una ley, la de Dios, que hay que tener “en el corazón” como dice el
conocido texto del Shemá en el Deuteronomio. Dice: “Escucha, Israel: ...Graba
en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Incúlcalas a tus hijos, y
háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas de viaje, al acostarte
y al levantarte” (6, 4.6-7). Centro de la existencia, la Ley de Dios exige la
escucha del corazón, una escucha hecha de obediencia no servil, sino filial,
confiada, consciente. La escucha de la Palabra es un encuentro personal con el
Señor de la vida, un encuentro que debe traducirse en elecciones concretas y
convertirse en camino y estela. Cuando a Jesús se le preguntaba qué hay que
hacer para tener la vida eterna, Jesús menciona siempre el camino de la
observancia de la Ley, pero indicando qué hacer para llevarla a plenitud, dice:
“Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así
tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme” (Mc 10,21 y par.).
El cumplimiento de la Ley es seguir a Jesús, ir
por el camino de Jesús, en compañía de Jesús. El salmo 119 nos lleva, por tanto
al encuentro con el Señor y nos dirige hacia el Evangelio. Hay en este un
versículo en el que me gustaría detenerme: es el v.57: “El Señor es mi
herencia: yo he decidido cumplir tus palabras”. También en otros salmos, el
orante afirma que el Señor es su “parte”, su herencia: “El Señor es la parte de
mi herencia y mi cáliz”, recita el Salmo 16 (v.5a). “Dios es la roca de mi
corazón, mi parte para siempre” es la proclamación del fiel en el Salmo 73
(v.23b), y de nuevo, en el salmo 142, el salmista grita al Señor: “Sé tú mi
refugio, sé tu mi heredad en la tierra de los vivos” (v.6b). Este término
“parte” evoca el evento de la repartición de la tierra prometida entre las
tribus de Israel, cuando a los levitas no les fue asignada ninguna porción del
terreno, porque su “parte” era el Señor mismo.
Dos textos del Pentateuco son muy explícitos a
este respecto utilizando el término en cuestión: “Y el Señor dijo a Aarón: 'Tú
no recibirás una herencia en el territorio de los israelitas ni tendrás una
parte entre ellos: yo soy tu parte y tu herencia'”, así dice el Libro de los
Números (18,20), y el Deuteronomio afirma: “Por eso Leví no tiene parte ni
herencia entre sus hermanos: el Señor es su herencia, como él mismo se lo ha
declarado(Dt 10,9; cfr. Dt 18,2; Gs 13,33; Ez 44,28). Los sacerdotes,
pertenecientes a la tribu de Leví, no pueden ser propietarios de tierras en el
país que Dios daba en heredad a su pueblo, llevando a cumplimiento la promesa
hecha a su padre Abrahám (cfr. Gen12,1-7). La posesión de la tierra, elemento
fundamental de estabilidad y de posibilidad de supervivencia, era signo de
bendición, porque implicaba la posibilidad de construir una casa, hacer crecer
a los hijos, cultivar los campos y vivir de los frutos del suelo. Es decir los
levitas, mediadores de lo sagrado y de la bendición divina, no pueden poseer,
como otros israelitas, este signo exterior de la bendición y esta fuente de
subsistencia. Totalmente donados al Señor, deben vivir de Él sólo, abandonados
a su amor que provee y a la generosidad de los hermanos, sin tener herencia
porque Dios es la parte de su herencia, Dios es su tierra, que le hace vivir el
plenitud. Y ahora, el orante del salmo 119 aplica a sí mismo esta realidad: “Mi
parte es el Señor”. Su amor por Dios y por su Palabra lo lleva a hacer la
elección radical de tener al Señor como único bien y también a guardar sus
palabras como don precioso, más preciado que toda herencia y que toda posesión
terrena. Nuestro versículo, de hecho, tiene la posibilidad de una doble
traducción y podría ser traducido de otro modo: “Mi parte, Señor, he dicho, es
custodiar tus palabras”. Las dos traducciones no se contradicen, sino que se
completan la una a la otra: el salmista está afirmando que su parte es el Señor
pero también que custodiar las palabras divinas es su herencia, como dirá después
en el v.111: “tus prescripciones son mi herencia para siempre, porque alegran
mi corazón”.Y esta es la felicidad del salmista que, como a los levitas, se le
ha dado como porción de herencia la Palabra de Dios.
Queridos hermanos y hermanas, estos versos son
de gran importancia para todos nosotros también hoy. Antes que nada para los
sacerdotes, llamados a vivir sólo del Señor y de su Palabra, sin otras
seguridades, teniéndolo a Él como único bien y única fuente de verdadera vida.
Desde esta perspectiva se entiende la libre elección del celibato por el Reino
de los cielos, a redescubrir en su belleza y en su fuerza. Estos versículos son
importantes, también, para todos los fieles, pueblo de Dios perteneciente a Él
sólo, “reino de sacerdotes” para el Señor (cfr. 1Pt 2,9; Ap 1,6; 5,10),
llamados a la radicalidad del Evangelio, testigos de la vida llevada por Cristo
nuevo y definitivo “Sumo sacerdote” que se ha ofrecido en sacrificio para la
salvación del mundo (cfr. Ebr 2,17; 4,14-16; 5,5-10; 9,11ss).
El Señor y su Palabra: estos son nuestra
“tierra”, en la que vivir en la comunión y en la alegría. Dejemos, por tanto
que el Señor nos introduzca en el corazón este amor por su Palabra y nos dé el
tener siempre en el centro de nuestra existencia a Él y a su santa voluntad.
Pidamos que nuestra oración y toda nuestra vida sean iluminadas por la Palabra
de Dios, lámpara de nuestros pasos y luz para nuestro camino, como dice el
Salmo 119 (cfr v. 105), de manera que nuestro caminar sea seguro, en la tierra
de los hombres. Y que María, que ha acogido y generado la Palabra, sea guía y
consuelo, estrella polar que indica el camino de la felicidad. Entonces,
también nosotros podremos alegrarnos en nuestra oración, como el orante del
salmo 16, por los dones inesperados del Señor y por la inmerecida herencia que
nos ha tocado en suerte: “El Señor es la parte de mi herencia y mi cáliz...Me
ha tocado un lugar de delicias, estoy contento con mi herencia” (Sal 16, 5.6)
¡Gracias!
Catequesis del papa Benedicto XVI, miércoles 9 de noviembre de 2011
No hay comentarios:
Publicar un comentario