Citas
Ez 34,11-12.15-17
1Co 15,20-26.28
Mt 25,31-46
Las Lecturas litúrgicas anuncian la realeza de Dios y su
pleno señorío sobre la realidad y nos introducen en la naturaleza impactante de
su potestad salvadora: “Yo mismo buscaré mis ovejas y las cuidaré (...) Yo
mismo las conduciré a los prados y las haré descansar”. Por medio de las
palabras del profeta Ezequiel somos introducidos en el corazón de la fe, colocados
delante del Acontecimiento central mediante el cual Dios manifiesta la propia
realeza.
El Señor habla al hombre y le muestra su señorío, en
primer lugar a través de la
Creación : “Desde la creación del mundo, sus perfecciones
invisibles pueden ser contempladas con la inteligencia en las obras realizadas
por Él, como su eterno poder y divinidad” (Rm
1,20). Además, el Padre viene al encuentro del hombre mediante sus profetas:
“Muchas veces y de distintas maneras”, Él ha dirigido su palabra a su pueblo
“por medio de los profetas” (Hebr 1,
1). Pero toda la creación y toda la actividad profética estaba orientada a
cumplirse en la promesa de Dios: “Yo mismo buscaré (...) yo mismo conduciré a
mis ovejas”. Esta promesa se realiza cuando, llegada la plenitud de los tiempos,
Dios envía en la carne a su propio Hijo unigénito.
Él no es más “uno” que busca a las ovejas y las cuida “en
nombre de Dios”, como los profetas; Jesucristo es Dios mismo hecho hombre. El
Padre, en su Hijo, se encuentra “en medio” de sus ovejas que estaban dispersas.
En la
Carta Apostólica Tertio
millennio adveniente, del Beato Juan Pablo II, leemos: « Encontramos aquí el punto esencial. Aquí no es sólo el
hombre quien busca a Dios, sino que es Dios quien viene en Persona a hablar de
sí al hombre y a mostrarle el camino por el cual es posible alcanzarlo” (n. 6).
Cristo, Verbo eterno hecho hombre, es la plena manifestación de la gloria de
Dios y el definitivo cumplimiento del proyecto del Padre para el hombre.
El profeta Ezequiel revela que la condescendencia divina
para con el hombre se manifiesta en la búsqueda de la criatura por parte del
Señor: “Iré a buscar a la oveja perdida y devolveré la perdida al rebaño”. En
Cristo Jesús, el Padre Dios no solo habla al hombre sino que lo busca. ¡Qué
misterio profundo este comportamiento de Dios para con el hombre!
Todo el Cristianismo es el Padre que, en Jesucristo y en
el Espíritu, busca al hombre. Esta búsqueda tiene su origen en la inescrutable
intimidad de la
Santísima Trinidad. Tiene su origen en la decisión del Padre
de elegir a cada uno de nosotros, antes de la creación del mundo, para que
fuésemos “santos e inmaculados en su presencia en el amor, predestinándonos a ser
hijos adoptivos” (Ef. 1,4-5). «Por
tanto Dios busca al hombre, que es su propiedad particular de un modo
diverso de como lo es cada una de las otras criaturas. Es propiedad de Dios por
una elección de amor: Dios busca al hombre movido por su corazón de Padre». (Juan
Pablo II, Tertio millennio adveniente, n. 7).
¿Por qué el hombre es buscado por el Padre? Porque, como
enseña el profeta, los hombres estaban dispersos en los días nublados y
oscuros”; y el Señor quiere hacerlos partícipes de la “suerte de los santos en
la luz” (Col 1,12).
Afirma San Pablo en la lectura de hoy: “Cristo ha
resucitado de entre los muertos, primicia de los que mueren”. La búsqueda que
Dios Padre hace del hombre alcanza su culmen en la muerte y resurrección de
Jesucristo.
En Jesús de Nazaret, el hombre tantas veces buscado y
finalmente encontrado, el hombre perdido desde hace tanto tiempo y finalmente
traído a casa, el hombre tan herido y enfermo desde hace tanto tiempo,
finalmente es curado. Y todo sucede en la muerte y resurrección de Cristo:
“Porque si por causa de un hombre vino la muerte, por medio de un hombre vendrá
también la resurrección de los muertos”, desde el momento en que “como todos
mueren en Adán, así todos recibirán la vida en Cristo”. En efecto, Cristo,
muriendo ha destruido al verdadero enemigo, la muerte.. Resucitando, Él nos ha
donado la verdadera vida, y ha reconstituido en los hombres la dignidad de su
primer origen. En Jesucristo, Dios ha obrado la liberación de la muerte eterna
“nos ha librado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su
Hijo predilecto, por obra del cual tenemos la redención” (Col 1, 13-14), haciendo de nosotros un pueblo de sacerdotes, reyes
y profetas.
¿Adónde apunta todo esto? A que “Dios sea todo en todos”,
afirma también el Apóstol. La finalidad de todo es que permanezca Dios en lo
íntimo del hombre y que el hombre pueda permanecer en la intimidad de Dios. La
encarnación del Hijo de Dios tiene como fin la participación, por parte del
hombre, de la misma vida de Dios. Esto es lo que celebra la liturgia de la Iglesia en este día
solemne: el misterio del Padre que crea cada cosa y que, en el Hijo, busca
incansablemente a cada uno, para que, liberados mediante la pasión redentora de
Cristo y el don del Espíritu, cada hombre llegue a ser partícipe, en el Hijo,
de la misma vida del Padre.
La realeza de Cristo consiste en el poder presentar al
Padre al hombre redimido y hecho hijo de Dios, y a la humanidad reunida en la
única Iglesia, su Esposa y su Cuerpo. El señorío real de Cristo es el
cumplimiento de este plan admirable. Estamos llamados, ya desde ahora, a
participar en él, pareciéndonos siempre más a Él, cooperando en la Iglesia a su mayor gloria
y reconociéndolo realmente presente en cada hombre.
Para que esto suceda, es necesario que también las
estructuras temporales, en su legítima autonomía, estén orientadas por los
cristianos hacia la visibilidad de la realeza de Cristo en el mundo. No se da
el señorío únicamente de una forma “íntima o espiritual”, sin un concreto y
real señorío sobre y en la historia, visible también en la
sociedad, en sus leyes y en la conciencia de que cada uno será llamado a dar
cuenta de cada uno de sus actos al único verdadero Señor.
Que María Santísima y todos los santos, en los cuales el
poder Real de Cristo ha obrado maravillas, sostengan a la Iglesia en la difícil
y permanente obra de instaurare omnia in
Christo!

No hay comentarios:
Publicar un comentario