Num 6,22-27
Gal 4,4-7:
Lc 2,16-21
El ligamen entre el Nacimiento del
Señor y la Maternidad
divina de María Santísima está claramente expresada en uno de los doce anatemas
de san Cirilo de Alejandría († 444), recogidos por el Concilio de Éfeso, que en
el año 431 definió como dogma de fe que María de Nazareth es la Madre de Dios: “Si alguno no
confiesa que Dios es según verdad el Emmanuel, y que por eso la santa Virgen es
Madre de Dios (pues dio a luz carnalmente al Verbo de Dios hecho carne), sea
anatema” (Dz 72 - www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/fcs.htm#a33
e www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/8c3ba54.htm
).
Hace pocos días hemos adorado la
presencia del Verbo encarnado en el humilde pesebre de Belén. Ahora la Iglesia nos invita a
dirigir la mirada llena de asombro a la otra persona magnífica del pesebre que
es la Madre de
Jesús, Dios hecho carne.
En tiempos recientes, la devoción a
la Madre de
Dios se ha debilitado en ciertos sectores de la Iglesia. Algunos han tenido temor de que honrando demasiado a
María, de alguna manera se habría podido provocar una separación de la adoración
a Cristo. Por eso les pareció necesario radicalizar el cristocentrismo,
subrayando unilateralmente la unicidad de la mediación salvífica de Cristo,
endesmedro de las mediaciones participadas de los Santos, de los Ángeles y de
la misma Madre de Dios. Obrando así, se ha olvidado el antiguo adagio: ad Jesum per Mariam.
La Madre nos acompaña siempre hacia
su Hijo y nunca nos aleja de Él. El Concilio Ecuménico Vaticano II lo ha dicho
con estas palabras: ”Todo el influjo salvífico de la Bienaventurada
Virgen en favor de los hombres no es exigido por ninguna ley,
sino que nace del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de
Cristo, se apoya en su mediación, de ella
depende totalmente y de la mismna saca toda su virtud; y lejos de impedirla,
fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo” (Lumen Gentium, n. 60 - cf. www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/8cjb1.htm
).
Se debe reconocer que el papel de
María no es un obstáculo, sino de completo respeto al reconocimiento de Cristo en
la fe. La Madre de Dios, con su pureza
virginal, representa y defiende también la pureza de la doctrina cristiana. En
el Breviario y en la “forma extraordinaria” (o rito antiguo) del Misal se
encuentra la hermosa antífona mariana «Gaude,
Maria Virgo, cunctas haereses tu sola interemisti in universo mundo – Alégrate,
Virgen María, tú sola has destruido todas las herejías del mundo entero».
Esta antífona ha sido comentada por
el famoso biblista Ignace de la
Potterie en ests términos: «No es que María haya hecho en su
vida algo contra las herejías, sino que el reconocimiento cierto de María en
los dogmas marianos es baluarte de la verdadera fe. Tambien el Cardenal Ratzinger,
en su libro-entrevista con Vittorio Messori (Informe sobre la fe), subraya que María “triunfa sobre todas las
herejías”: si se da a María el lugar que le corresponde en la ininterrumpida
Tradición y en el dogma, se llega al centro de la cristología de la Iglesia. Los primeros dogmas,
que se refieren a la virginidad perpetua y a la maternidad divina, y también
los últimos (Inmaculada Concepción y Asunsión corporal al Cielo), son la base
segura para la fe cristiana en la encarnación del Hijo de Dios. Pero también la
fe en el Dios vivo, que puede intervenir en el mundo y en la materia, así como
la fe en las realidades últimas (resurrección de la carne y, en consecuencia,
la transfiguración del mismo mundo material) está confesada implícitamente en
el reconocimiento de los dogmas marianos. También por esto se espera que se
concretará el “proyecto de reintroducir, ojalá que en la fiesta de la Asunción corporal de
María al Cielo, el 15 de agosto, la bella antífona separada de la reforma
litúrgica” (en 30 Giorni, 12 [octubre
1995], p. 71).
No es posible ser cristocéntrico si
no se es fuertemente mariano. En este día la Iglesia reza especialmemnte por la paz. Y es justamente
a la siempre Virgen Madre de Dios a quienes se dirigen los fieles para obtener
del Señor, a través de su intercesión, el don de la paz, para la Iglesia y para el mundo.

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