Comentario a la 2º lectura del 5º domingo del tiempo ordinario, ciclo B
1Cor 9,16-19:
"Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria;
es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!
Si lo hiciera por propia iniciativa, ciertamente tendría derecho a una
recompensa. Mas si lo hago forzado, es una misión que se me ha confiado. Ahora
bien, ¿cuál es mi recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente,
renunciando al derecho que me confiere el Evangelio. Efectivamente, siendo
libre de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más que
pueda".
Comentario
En este pasaje de la carta a los Corintios podemos asomarnos al
interior del corazón de san Pablo para ver cuáles son los motivos que dirigen
su vida y su celo apostólico en la predicación infatigable del Evangelio. Como
ratificará en otra de sus cartas a esta misma comunidad, el motivo fundamental
de todo su dinamismo apostólico y de todos los sufrimientos que abraza es el
amor de Cristo que ha experimentado personalmente y que lo impulsa a entregarse
sin reservas a los demás para que lo conozcan y participen de ese mismo amor
(2Cor 5,14). De ningún modo ha querido recurrir al derecho del sostenimiento
económico por parte de esa comunidad evangelizada por él. Pero ¿por qué insiste
tanto en esta excepción de su conducta? Si se opone radicalmente a ello es para
evitar a toda costa que la comunidad considerase su labor apostólica
"interesada" por eventuales compensaciones humanas y económicas. Así
lo dejó indicado anteriormente: "nunca hemos hecho uso de estos derechos.
Al contrario, todo lo soportamos para no crear obstáculo alguno al Evangelio de
Cristo" (1Cor 9,12).
San Pablo en este pasaje va más allá del motivo anterior. Ahora
deja entrever otro, más personal, que está en relación con el origen de su
vocación: su encuentro con Cristo en el camino de Damasco. El Apóstol reconoce
que para él anunciar el Evangelio como los demás apóstoles y evangelistas sería
demasiado poco. Él siente un deber en conciencia muy grande, puesto que él
había intentado en otro tiempo destruir la Iglesia. Pero en ese entonces Cristo
tomó la iniciativa de salirle al encuentro, revelándosele personalmente y
haciéndole experimentar su amor para con él. Hasta tal punto caló esta
experiencia de Cristo en el Apóstol que llegó a apoderarse totalmente de él.
Por ello, se siente obligado, entregado, hipotecado al Señor, en una forma que
supera toda medida.
Es de este modo como pueden entenderse los términos paradójicos
que utiliza san Pablo para expresar su entrega a Cristo y a su misión
evangélica. Recurre a la palabra "deber" o "necesidad", sin
pretender decir que no lo haga con total libertad y de todo corazón. Lo que
sucede es que el Apóstol lo siente de tal modo, que no puede hacer otra cosa
sino entregarse a la tarea misionera con libertad total. Cualquiera que sea el
sentido de este impulso o necesidad, es claro que san Pablo no piensa en algo
contrario a la libertad. Más aún tal libertad llega a su plenitud en esta
necesidad. Ahí está el núcleo y el contenido más hondo de la libertad. Esto
quiere decir que el hombre plenamente libre es necesariamente atraído a amar
aquello que reconoce merecedor de toda la fuerza de su amor y de toda su
entrega: en definitiva, Dios. Encontramos un ejemplo similar en el mismo
Cristo, en quien se refleja este misterio en la unidad de su obediencia y amor.
Él puede hablar de la obligación que le ha sido impuesta; pero la acepta total
y plenamente, con la misma certeza con que se sabe Hijo: "Por eso me ama
el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo
la doy voluntariamente" (Jn 10,17-18a).
El "¡ay de mí!" de san Pablo no indica una amenaza que
él experimentara desde fuera, sino desde dentro, y por eso se siente como
obligado a realizar su misión. Nos resulta chocante escuchar al Apóstol afirmar
que no anuncia el Evangelio voluntariamente. De ahí la necesidad de captar bien
lo que dice expresándose de forma tan osada. Aquí, en efecto, la verdad se
encuentra no tanto en los conceptos, que pueden siempre sopesarse con mayor
precisión, sino más bien en ese impulso desbordante en él desde lo más íntimo
de su ser, que supera todo límite y, como es propio del amor, tiene como medida
ser sin medida.
"¿Cuál es entonces mi recompensa?", se pregunta san
Pablo. ¿Cómo debemos entender esta palabra "recompensa" enlazada con
la anterior, "gloria", y que se repiten más adelante (9,17 y
18,15.16)? La "gloria" no es para el Apóstol, como para los hombres
de su tiempo, algo tan extrínseco como ha llegado a ser para nosotros. La
gloria es, en primer término, el testimonio íntimo de la buena conciencia. El
hecho de anunciar el Evangelio no le da al Apóstol derecho alguno a ufanarse.
No hay, por tanto, aquí nada sobre lo que pueda fundamentar la certeza de su
obediencia sin reservas y de su entrega sin límites. Y, por lo mismo, nada
tampoco que merezca "recompensa". Que san Pablo espera una recompensa
es algo tan natural y evidente como su esperanza de la vida eterna. Y la
recompensa es Dios mismo. Es, pues, una recompensa que está muy alejada de todo
cálculo. Para el Apóstol su recompensa es también la misma gracia de poder ser
instrumento de Dios para comunicar el Evangelio a los demás, y acercar así el
mayor número de hombres a la experiencia del amor de Cristo. Por eso su
renuncia al derecho a la recompensa se convierte en una parte de su
comportamiento total: él libre de todo, se hace esclavo de todos. Ésta es su
norma de vida, libremente elegida.
Aplicación
Descubrir el amor de Cristo y sentir la urgencia de comunicarlo a
los demás.
Continuamos nuestro recorrido de la vida pública de Cristo, esta
vez viendo cómo Él viene al encuentro de las personas que sufren, de las
personas que padecen alguna necesidad física o espiritual, como nos relata el
Evangelio. La primera lectura nos presenta la figura de Job quien, con la
permisión de Dios, es duramente probado en su integridad física y espiritual.
San Pablo nos ayudará a descubrir que su entrega apasionada a su misión brota
de la experiencia del amor de Cristo y de ahí la urgencia que le impulsa a
hacer partícipes del mismo a todos los hombres.
Situaciones como las que nos presenta la lectura tomada del libro
de Job (7,1-4.6-7) nos ayudan a tomar conciencia de lo que significa el
torbellino de sufrimientos y de miseria que azota la vida de muchos de nuestros
hermanos los hombres. Pero al mismo tiempo son para Dios ocasión de
demostrarnos toda su bondad y misericordia para con el hombre que las padece,
en particular, cuando éste le abre su corazón y le implora con confianza su
intercesión. Dios conoce lo difícil que en ocasiones es la vida para el hombre,
pues es una verdadera "milicia" la que tiene que enfrentar sobre la
tierra. Pero, por lo mismo, no nos abandona, ni nos deja a merced de las
dificultades, al contrario se acerca más a nosotros, siendo buen samaritano
para con cada uno de nosotros. Cultivemos y aprendamos a mantener una confianza
inquebrantable en Dios en cualquier situación por la que atravesemos en la
vida, sabiendo que Él es un Padre que quiere siempre lo mejor para cada uno de
nosotros sus hijos.
Esa compasión y bondad de corazón es la que el evangelista san
Marcos (1,29-39) nos presenta este domingo, relatándonos el primer milagro de
la vida pública de Cristo. Al entrar en la casa de Simón y encontrar a su
suegra postrada en cama por la fiebre, Él se acerca a ella, la levanta
sosteniéndola de la mano y la cura. El conocimiento de esa bondad de corazón
del Maestro de Nazaret anima a todo ese tropel de enfermos a presentarse ante
Él para que deposite también sobre ellos esas muestras de su amor. Como esos enfermos
que acuden a Cristo, también nosotros estamos llamados a descubrir nuestras
enfermedades sin temor y a presentárselas llenos de confianza, sabiendo que Él
ha venido no para condenar sino para salvar, que Él ha venido a buscar la oveja
perdida y que Él quiere por encima de todo que gocemos de su amor y de su
felicidad.
Como nos refiere el pasaje de la prima carta a los Corintios
(9,16-19), ya comentado, la entrega a la misión por parte del Apóstol brota de
la experiencia del amor de Cristo para consigo mismo personalmente y para con
cada uno de los hombres. Sólo quien se reconoce destinatario de esa bondad del
corazón de Cristo siente al mismo tiempo la urgencia de corresponderle,
saliendo al encuentro de todos esos hermanos nuestros que tienen necesidad de
experimentar ese mismo amor en sus vidas, en particular en los momentos de
mayor tribulación. Como el Apóstol, dejemos también nosotros que el amor de
Cristo inunde nuestras vidas y seamos para los demás canales para encontrar
este amor de Cristo en sus vidas.
Pedro Mendoza LC

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