Comentarios a la segunda lectura dominical (Heb 5,7-9)
"El cual, habiendo ofrecido en
los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al
que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun
siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la
perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le
obedecen".
Comentario
La carta a los Hebreos nos presenta a
Cristo Jesús como Sumo Sacerdote (4,14–5,10). En 4,14-16, con una forma de
exhortación, el autor de la carta afirma que Cristo es nuestro Sumo Sacerdote a
quien debemos acudir, robustecidos en la fe. Como fundamento de esta
exhortación anuncia dos cualidades distintivas de este Sumo Sacerdote: su
capacidad de compasión y su radical solidaridad con nosotros, excepto en el
pecado. En la sección siguiente (5,1-4) ofrece una definición descriptiva del Sumo
Sacerdote de la antigua alianza según la función y las condiciones que le eran
atribuidas. Tres eran las características esenciales: a) su condición de
elegido de entre los hombres para tomarse cuidado de los hombres en lo que se
refiere a Dios; b) la finalidad: para ofrecer dones y sacrificios por los
pecados; y c) la modalidad: recibir la investidura directamente de Dios. Pero
en la formulación de esta definición toma como punto de referencia la
experiencia de Cristo, releída bajo la óptica del sacerdocio bíblico. Por ello,
a continuación, aplica esta definición a Cristo (5,5-10), quien por una parte
continúa, pero por otra trasciende infinitamente la mediación sacerdotal de la
antigua alianza. Aquí es donde se coloca la lectura de este 5º domingo de Cuaresma.
A partir del cap. 5 el autor nos
ayuda a comprender el sacerdocio de Cristo a partir especialmente de su actitud
de solidaridad y compasión en relación con los pecadores. Después de haber
señalado el derecho que tenía Cristo Jesús al sacerdocio, ahora nos muestra su
ofrecimiento sacerdotal hecho en los días de su vida mortal. Como el Sumo
Sacerdote ofrecía dones y sacrificios por los pecados (v.1), Jesús también hizo
su ofrecimiento –oraciones y súplicas acompañadas de poderosos clamores y
lágrimas (v.7a). La descripción realizada por el autor abraza no un episodio
fortuito de la vida terrena de Jesús, sino más bien toda la pasión contemplada
en su conjunto como un abrumador acto de intercesión (vv.7-9). De esta forma
apreciamos la donación total de Jesús que se concreta en un sufrimiento extremo
y en la muerte, pero este sufrimiento y agonía son sacerdotales.
¿Qué es lo que ofreció? Ofreció
"ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de
la muerte" (5,7). La materia de la ofrenda de Jesús son los sucesos
dramáticos que ponían en juego su vida y con ella toda su obra y la revelación
misma de su persona (cf. Mt 27,40). La finalidad de su plegaria no aparece
concretada. Pero podemos intuir que se trataba no de evitar la muerte en cuanto
tal, aunque su naturaleza se resistiera a ella. Más bien, aceptada con su amor
esa prueba de la muerte, la plegaria de Jesús estaba dirigida a invertir el
curso de los acontecimientos mediante un triunfo sobre la muerte.
No obstante la vehemencia y los
gritos que acompañaron la oración de Cristo, ésta continuó siendo una plegaria
auténtica de "respeto religioso" (es la traducción más correcta de la
última palabra del v.7, y corresponde a lo que la biblia llama "el temor
de Dios"). Por consiguiente, en su plegaria Cristo se mantuvo siempre en
actitud de apertura y disponibilidad a la iniciativa divina. Por eso fue
escuchado. Su ofrenda resultó agradable al Padre, quien respondió transformando
el curso de los acontecimientos, de una manera paradójica. En efecto, Cristo
muriendo triunfó sobre la muerte (cf. 2,14). La transformación de esos
acontecimientos no fue desde el exterior, por medio de una intervención divina
milagrosa, sino desde dentro de ellos mismos, gracias a la adhesión de Cristo a
la acción transformadora de Dios.
Profundizando un poco más en esta
acción transformadora de Dios vemos cómo esa plegaria de Cristo en la agonía,
hecha diálogo con el Padre, desembocó en la unión de sus voluntades (cf. Mt
26,42) y en la realización de una obra común (cf. Jn 16,30). Por una parte, el
Padre actúa escuchando al Hijo. Y, por otra parte, el Hijo responde cumpliendo
la voluntad del Padre. De este modo paralelo y paradójico el autor de la carta
a los Hebreos expresa este misterio de la pasión, permitiéndonos asomarnos en
el corazón de las personas divinas que en él intervienen. Describe la pasión a
la vez como una plegaria escuchada y como una obediencia dolorosa. Cristo
"ofreció plegarias [...] y fue escuchado" (Heb 5,7), pero al mismo
tiempo "con lo que padeció experimentó la obediencia" (5,8).
La última frase del texto de la
lectura dominical expresa el resultado de la ofrenda obediente de Cristo: ésta
le convirtió en el Sumo Sacerdote perfecto (5,9). El resultado es maravilloso y
sobreabundante en gracias. No solamente quedó transformado el acontecimiento de
la pasión y muerte de Cristo que, en vez de trocarse en catástrofe se convirtió
en triunfo, sino que en ese acontecimiento la humanidad misma de Jesús quedó
transformada. Al abrazar el culmen del sufrimiento humano y al abrir este
sufrimiento a la acción de Dios, Cristo "llegó a la perfección" y se
convirtió en "causa de salvación eterna" para todos los que aceptan
ser conducidos por Él. En otras palabras, se convirtió en el perfecto mediador.
Aplicación
Permitir a Cristo ser para nosotros
"causa de salvación eterna".
La liturgia de este 5º domingo de
Cuaresma nos ayuda a comprender la dimensión universal del sacrificio de
Cristo, que celebraremos en el Triduo pascual. El Evangelio nos hace ver que la
fe en Cristo comienza también a difundirse entre los paganos, como sucede con
aquellos griegos que "deseaban ver a Jesús". En esa prospectiva
universal se coloca la 1ª lectura en la que el profeta Jeremías anuncia la
Nueva Alianza, una alianza universal: "Todos me conocerán", dice
Dios. Del mismo modo, en la 2ª lectura, el autor de la carta a los Hebreos
retoma y profundiza, con la descripción del desenlace de la pasión de Jesús, en
su salvación alcanzada a todos los hombres.
La primera lectura (Jer 31,31-34) nos
presenta el gesto sorprendente de la misericordia de Dios que busca al hombre
para salvarlo. En el momento más terrible de la historia del pueblo hebreo, que
por su infidelidad ha sufrido la destrucción del templo y de Jerusalén y el
exilio, el Señor no renuncia a su plan de salvación. Él proyecta en esas
circunstancias una Nueva Alianza con su pueblo, mucho más bella que la Alianza
del Sinaí: "He aquí que días vienen –oráculo de Yahveh– en que yo pactaré
con la casa de Israel (y con la casa de Judá) una nueva alianza" (v.31).
Su Alianza nueva será universal, pues todos los hombres podrán gozar de los
dones y beneficios que ella conlleva, y se fundará no sobre lazos de raza o
nación de pertenencia, sino sobre la unión íntima establecida con Dios, a quien
todos "conocerán".
En el Evangelio de este domingo (Jn
12,20-33), san Juan nos refiere un episodio del último período de la vida
pública de Jesús. Mientras se encuentra en Jerusalén con ocasión de la fiesta
de Pascua, algunos griegos que habían subido para dar culto durante esta fiesta
se acercan a uno de sus discípulos, a Felipe, y le expresan su deseo de ver al
Maestro. Ante estos hechos, Jesús confirma que "ha llegado la hora de que
sea glorificado el Hijo de hombre". Es a través de ese gesto como el
Maestro reconoce que su "hora de glorificación" ha llegado. Esto es:
ha llegado el momento de llevar a término su sacrificio redentor, "siendo
levantado de la tierra". De este modo "atraeré a todos hacia mí"
y su salvación alcanzará a todos los hombres que lo acojan con fe.
La pasión de Cristo es un evento
extraordinario de su amor por nosotros. El pasaje de la carta a los Hebreos
(5,7-9) lo presenta como el momento más expresivo de esa capacidad suya de
compasión y de esa radical solidaridad suya con nosotros, excepto en el pecado,
que caracterizan al Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza. Su amor se ha traducido
en la donación más generosa y plena: nos ha amado hasta dar su vida por
nosotros. Nuestra respuesta está llamada a ser la de una plena acogida en la fe
y el amor de su sacrificio redentor por nosotros. En él tenemos la muestra más
contundente de su amor universal, pues Cristo quiere ser para nosotros y para
cada hombre "causa de salvación eterna".
Pedro
Mendoza LC

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