El gozo inefable de la Madre y el encuentro con el Hijo resucitado
Realmente, no hace falta reflexionar
mucho para darse cuenta que la alegría pascual es avasalladora; es la alegría
de la vida que avasalla la muerte; es la alegría del triunfo sobre la derrota;
es la alegría de la inmortalidad sobre la caducidad; es la alegría de lo eterno
sobre el tiempo.
Toda esta alegría trascendente y
metafísica, histórica y meta-histórica, celeste y terrestre, relacionada con el
evento divino y cósmico de la resurrección de Cristo ¿quién la tuvo antes? ¿Y
quién podría ser capaz de tenerla en toda su plenitud transfigurada?
Una sola persona en el mundo podría
estar en esta situación: María Santísima.
Ella sola, de hecho toda identificada
con Cristo, totalmente cristificada,
enteramente co-crucificada con el Hijo crucificado, ha vivido en una riqueza de
fe sin igual la realidad del estar “muerta-con, sepultada-con, resucitada-con”,
con Cristo como enseña el Apóstol de las gentes (Col. 3, 1-2).
El evangelio, por sí mismo no nombra
a María Santísima entre las mujeres pías que fueron al sepulcro de Jesús. ¿Por
qué ella habría debido ir? Su fe en la resurrección de Jesús era diamantina.
Ella no necesitaba ver el sepulcro vacío como los otros. Ella era solamente la
única que creía. Solo ella habría visto primero a su Hijo resucitado.
Escribe de hecho el biblista P.
Pietrafesa: “La primera aparición de Jesucristo fue a su madre, aunque el
evangelio calle sobre esto”. Lo mismo dice el biblista C. De Ambrogio,
explicando que “el silencio del evangelio es un silencio de pudor”. Y subsiste
al antiquísimo evangelio de Gamaliel (evangelio apócrifo), la primera
descripción de la aparición de Jesús resucitado a su madre. La tradición de los
santos padres, además --fuente también primaria de la fe, con la sagrada
escritura--, nos ha transmitido esta verdad histórica y teológica de la primera
aparición del Resucitado únicamente a su santísima madre. No podría ser de otra
manera.
Contra quienes niegan ayer y hoy esta
verdad, el ardiente san Ignacio de Loyola, reflexionando y meditando como
simple cristiano, además que santo, afirmó con decisión que “solamente dudar de
esta aparición de Jesús resucitado a su madre, sería una privación de la
inteligencia”.
Es obvio que una no aparición del
Resucitado a su madre santísima, resultaría no solamente inexplicable, sino
también irreconciliable con la más sana y humana realidad de las relaciones
filiales de unión del Hijo con la madre y de aquel Hijo con aquella madre.
Si Jesús era el Hombre-Dios, es
natural que la delicadeza y la finura de su naturaleza humana exigieran una
atención especial hacia su madre, especialmente después del terrible momento
del Calvario, que fue dolor y martirio para su corazón materno. Baste
reflexionar un poco sobre esto y se entiende en seguida que para Jesús
resucitado, aparecerse a su divina madre fue su primer impulso ardiente, fue el
inestimable movimiento de su corazón y de la voluntad hacia su dilecta e
indivisible corredentora.
Sobre esto, aún más autorizada es la
palabra de Juan Pablo II que enseño que “el carácter único y especial de la
presencia de la Virgen en el Calvario y su perfecta unión con el Hijo en el
sufrimiento, parece postular una particular participación en el misterio de la
resurrección (…) completando de tal manera su participación a todos los
momentos esenciales del misterio pascual”.
De otro lado, justamente el sensus fidelium del pueblo de Dios siempre ha
advertido como lógico y natural esta necesidad de que Cristo se apareciera
sobretodo a su santa madre, a quien fue por toda la vida, socia inseparable en
la obra de la redención universal.
Esta convicción “gana terreno
–escribe el biblista F. Uricchio- con el pasar de los siglos, en todos los
niveles, en la iglesia latina y en la comunidad oriental”, y añade que “era
necesario que el triunfo del Hijo fuera anticipado a ella, así cercana a Él en
el dolor, en la lucha y en el triunfo”. ¿Y quién podría imaginarse cómo sucedió
este encuentro y lo que sucedió? No es lícito imaginarse fantasías sobre las
cosas inefables. La resurrección de Jesús es un hecho divino, humano, cósmico,
y lleva consigo una inmensa alegría, esa también divina, humana, cósmica.
La Virgen fue abundantemente plena de
aquel gozo en el abrazo amoroso al Hijo resucitado, y seguramente se puede
decir con san Pablo que ni ojo humano vio, ni oído oyó nunca, ni la
inteligencia humana entendió nunca (…) lo que sucedió entre madre e Hijo en
aquel encuentro. Se sabe --es verdad--, que hay siempre una proporción entre la
alegría y el sufrimiento, y aún es cierto que Dios dará siempre con
magnanimidad, y quiere recompensar “al ciento por uno” (…) lo que se hace por
Él. Pero es verdaderamente imposible, en este caso, recoger la medida de la
gloria probada por María Santísima con la aparición del Resucitado, porque cada
medida respecto a ella es casi sin medida, y para decirlo con santo Tomás de
Aquino, roza o toca el infinito.
Ciertamente si se piensa en la
inconmensurable medida de las pruebas durante toda la vida de María entre
sufrimientos e incomprensiones, en el silencio y de manera escondida, hasta las
pruebas crueles de la pasión y muerte de su Hijo, ¿quién podrá decir cuán
grande y desmedida habrá sido su alegría al encontrar personalmente a su Hijo
resucitado?
Si además se piensa en la medida sin
medida del amor de Jesús hacia su divina madre y a su necesidad de
recompensarla de los horribles sufrimientos por ella sentidos para corredimir el universo, se podrá quizás intuir la
inmensidad de la alegría inefable de la beata madre en el primer encuentro con
su Hijo resucitado.
Si san Bernardino ha dicho que los
dolores sufridos por la corredentora fueron tan grandes y terribles, que si
fuera dividido entre todos los hombres de la tierra todos habrían muerto de
inmediato, más aún se puede decir que si fuese dividida entre los hombres la
alegría inmensa y sobrehumana experimentadas por la Virgen con la aparición de
Jesucristo, igualmente todos los hombres habrían muerto abrumados por la
alegría.
Esta parecería una exageración, y tal
lo sería si se prescinde del misterio de la encarnación de Dios y de la
redención universal que unen el cielo y la tierra, a Dios y los ángeles, el
hombre y el cosmos, el tiempo y la eternidad, recapitulados todos en Cristo
resucitado, alfa y omega, siempre unido a su madre María.
La luz celestial de la resurrección
que reanimó el cuerpo de Jesús encerrado en la tumba y que provocó el milagro
de la imagen impresa en la sabana santa, tiene que haber invadido el alma de la
Virgen elevándola a la más sublime contemplación de todo el plan salvador de
Dios, proyectado hacia el escaton de la resurrección final.
Si queremos gustar de su alegría
pascual, es sobretodo y solamente a Ella, a su divina madre, a quien debemos
pedir de poder participar, tan solo de un único punto: de su inefable alegría,
la más pura y sublime, la más alta y profunda, matriz de todas sus otras
alegrías en la tierra y en el cielo.
Padre Stefano Maria Manelli, FI. Mariólogo y
fundador de los Franciscanos de la Inmaculada.

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