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Yo Soy el Pan de Vida


XIX Domingo del Tiempo Ordinario - B
Lecturas: 1Re 19,4-8; Ef 4,30-5,2; Jn 6,41-51

«Yo so el pan de vida». A la murmuración de la multitud, que no comprende el significado de estas palabras, Jesús les presenta la verdad de Sí mismo: «Yo soy el pan de vida bajado del cielo, para la vida del mundo».
La murmuración de la muchedumbre es similar a la de Israel en el desierto; es el lamento del hombre de todos los tiempos, incapaz de estar delante de la propia necesidad, solo, excluyendo el misterio. Como Elías, que cansado y descorazonado afirma: «¡Ya basta, Señor! Toma mi vida». La parábola del profeta es la parábola de todo hombre.
Y Dios está pronto para intervenir, apasionadamente, amador de cada destino, movido por el deseo de verdadera felicidad que Él quiere para cada hombre.
Dios interviene a su estilo: no nos quita el cansancio, pero reclama “un poco de pan y un poco de agua”: interviene con la fuerza de las cosas cotidianas, con la humildad y la pobreza que tienen las cosas esenciales. He aquí que, en el profeta y en cada uno, florece el deseo e incluso la voluntad de caminar: como una infinita capacidad de recomenzar, que tiene el Amor que se da de raíz.
«Yo soy el pan que ha bajado del cielo». «Yo soy», con las mismas palabras con las cuales Dios se presenta, al comienzo de la Historia de la Salvación, Jesús manifiesta el deseo divino de renovar la alianza de amor con el hombre, para ser alimento, es decir, sostén a lo largo del camino que tiene como meta el Cielo.
El Señor, afirma el Papa, «nos llama a unirnos a él en el sacramento de la Eucaristía, Pan partido para la vida del mundo, para formar juntos la Iglesia, su Cuerpo histórico. Y si nosotros decimos sí, como María, es más, en la medida misma de este "sí" nuestro, sucede también para nosotros y en nosotros este misterioso intercambio: somos asumidos en la divinidad de Aquel que asumió nuestra humanidad.
La Eucaristía es el medio, el instrumento de esta transformación recíproca, que tiene siempre a Dios como fin y como actor principal: él es la Cabeza y nosotros los miembros, él es la Vid y nosotros los sarmientos. Quien come de este Pan y vive en comunión con Jesús dejándose transformar por él y en él, está salvado de la muerte eterna: ciertamente muere como todos, participando también en el misterio de la pasión y de la cruz de Cristo, pero ya no es esclavo de la muerte, y resucitará en el último día para gozar de la fiesta eterna con María y con todos los santos. (Benedicto XVI, Angelus, 16 agosto 2009)
«Atraídos por el Padre» y comiendo y adorando con fe el pan bajado del Cielo, se experimenta la vida eterna; la fe se hace así más fuerte, capaz de una adhesión más radical y de un seguimiento más comprometido.
El Señor pide a sus discípulos que “no murmuren”, sino que acojan con sencillez de corazón el Don que Él hace.
La Madre de Dios, Asunta al Cielo, nos obtenga lo que es necesario para nuestra vida: que nos ayude a alimentarnos siempre, con intensa y pura fe, con el Pan  de vida eterna, para experimentar ya en la tierra, la alegría del Cielo.

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