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Salvemos nuestro planeta

Promover una pastoral de la tierra

HECHOS
Las noticias son alarmantes: Que los glaciares se derriten más de lo ordinario; que las selvas se van acabando; que llueve en exceso, o hay graves sequías; que los eco-sistemas se han dañado, con consecuencias irreparables; que no se sabe cómo tratar la basura; que se agotan los veneros de agua, etc.
Por otra parte, hay programas oficiales, comunitarios y particulares, que están implementando medidas notables para reforestar, para controlar la tala inmoderada y criminal de los bosques, para evitar tanto agroquímico, para consumir más los productos naturales, para educar a los niños y a la sociedad en el respeto y la protección de la naturaleza, para hacer leyes que eviten la devastación indiscriminada, que en muchas partes llevan a cabo grandes empresas locales y transnacionales, sólo por sus intereses económicos, sin importarles la salud y la vida de los pueblos.
Nuestra diócesis, por decisión de la asamblea del año pasado, ha promovido una interesante pastoral de la tierra, para alentar la conciencia ecológica, a partir de la Palabra de Dios y del Magisterio de la Iglesia. Ha habido acciones dignas de elogio, como hacer campañas de recolección de basura y de reforestación, uniéndose a grupos de otras confesiones religiosas no católicas, o la producción alimentaria sin abonos químicos, sino sólo con orgánicos, o la conciencia crítica ante la explotación de minas que contaminan y destruyen el medio ambiente.

CRITERIOS
Al respecto, el Papa Benedicto XVI ha dicho algo muy importante, que vale la pena difundir, sobre todo para quienes insisten en que abordar estos temas es salirse del Evangelio y de nuestra misión pastoral, siendo todo lo contrario. Dijo: “Hay hombres y mujeres de negocios, gobiernos, grupos económicos, que se comprometen en programas de explotación que contaminan el medio ambiente y causan una desertificación sin precedentes. Se producen daños graves a la naturaleza y los bosques, a la flora y la fauna, e innumerables especies podrían desaparecer para siempre. Todo esto amenaza el ecosistema entero y, en consecuencia, la supervivencia de la humanidad. Exhorto a la Iglesia a alentar a los gobernantes a proteger los bienes fundamentales, como la tierra y el agua para la vida humana de las generaciones actuales y las del futuro, así como para la paz entre los pueblos” (Exhortación Africae Munus, 80).
En su Encíclica Caritas in Veritate relaciona claramente este tema con la fe, pues Dios creó todo: “El tema del desarrollo está también muy unido hoy a los deberes que nacen de la relación del hombre con el ambiente natural. Éste es un don de Dios para todos, y su uso representa para nosotros una responsabilidad para con los pobres, las generaciones futuras y toda la humanidad.
El creyente reconoce en la naturaleza el maravilloso resultado de la intervención creadora de Dios, que el hombre puede utilizar responsablemente para satisfacer sus legítimas necesidades —materiales e inmateriales— respetando el equilibrio inherente a la creación misma. Si se desvanece esta visión, se acaba por considerar la naturaleza como un tabú intocable o, al contrario, por abusar de ella. Ambas posturas no son conformes con la visión cristiana de la naturaleza, fruto de la creación de Dios”.

PROPUESTAS
Además de denunciar abusos, delitos y omisiones de empresas y gobiernos, preguntémonos qué nos compete hacer. Es fácil culpar a otros, y a veces con eso nos sentimos satisfechos. Eso no basta, pues las estructuras sociales, económicas y políticas no se mueven un ápice con nuestros discursos y declaraciones. Desde abajo, desde lo pequeño, desde la semilla de mostaza, es como se construye el Reino de Dios, se mejora este nuestro sufrido y amado planeta tierra.
Aprendamos a tratar adecuadamente la basura, sin tirarla por todas partes, y sabiendo separar lo orgánico de lo no orgánico. Que los campesinos eviten el mal uso de agroquímicos y aprendan a elaborar abonos naturales. Usemos racionalmente el agua. Evitemos quemar montañas y cuidemos los árboles. Que los legisladores asuman su responsabilidad en este rubro.
Monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de las Casas, México

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