
En el Evangelio de este
domingo Jesús, a través del relato de una parábola, nos muestra el rostro
misericordioso de Dios. Sigue mostrándonos las características del Reino de
Dios y en él debe imperar la misericordia.
La oportunidad surge
cuando Pedro suscita una pregunta que seguro albergamos todos nosotros en
nuestro corazón. ¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano si me ofende? Su
respuesta, teóricamente, nos parece estimulante, hermosa, digna de ser alabada:
siempre. El problema surge, y lo sabemos por experiencia, cuando somos nosotros
los ofendidos, en ocasiones con gravedad, y nos resulta muy difícil perdonar de
corazón a nuestro hermano.
Para Jesús esta enseñanza
es fundamental. La propone Él mismo, nada más y nada menos, como una de las
siete peticiones del Padre Nuestro: “perdona nuestras ofensas, como nosotros
perdonamos a los que nos ofenden”. Dios nos pide con esta propuesta, que no
olvidemos en nuestra relación con lo demás, nuestra relación con Él.
La primera lectura nos
recuerda la Alianza que existe entre Dios y el hombre. Fruto de esa Alianza de
amor que Dios establece con la humanidad y con cada uno de nosotros, debería
surgir el perdón casi, podríamos decir, de modo espontáneo. Por eso el libro
del Eclesiástico en la primera lectura nos advierte: “no tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de
sus pecados?” Obviar la Alianza, es decir, olvidarnos en la
práctica de Dios, tiene fatales consecuencias para el hombre y para el mundo.
Nos lo recordaba el Papa Benedicto XVI en su mensaje a los jóvenes para la JMJ
de Madrid (nº3): “En efecto, hay una fuerte
corriente de pensamiento laicista que quiere apartar a Dios de la vida de las
personas y la sociedad, planteando e intentando crear un "paraíso"
sin Él. Pero la experiencia enseña que el mundo sin Dios se convierte en un
"infierno", donde prevalece el egoísmo, las divisiones en las
familias, el odio entre las personas y los pueblos, la falta de amor, alegría y
esperanza. En cambio, cuando las personas y los pueblos acogen la presencia de
Dios, le adoran en verdad y escuchan su voz, se construye concretamente la
civilización del amor, donde cada uno es respetado en su dignidad y crece la
comunión, con los frutos que esto conlleva”.
No asumir la enseñanza
de Jesús, como nos advierte el evangelio, crea una inquietante reacción en
Dios: su enfado. Este procede del efecto que produce el hombre que actúa sin
amor, en el amor infinito de Dios. Es el problema de circunscribir el perdón en
un mundo en el que Dios ha sido desterrado. El hombre que no practica el amor,
que no deja entrar en él la misericordia divina, se condena a sí mismo. El amor
de Dios, no condena a nadie, el juicio consiste en que el hombre no acepta el
amor de Dios.
Olvidar lo que Dios ha
hecho con nosotros es, en la práctica, olvidar el hecho de que Dios está
presente. Si olvidamos lo mucho que nos ama, y en ese amor, lo mucho que nos
perdona, que difícil nos resultará perdonar a los demás. Quizá porque nuestro
amor hacia ellos se haya quedado raquítico, empequeñecido por nuestro olvido de
Dios. Recuperar Su presencia, valorar Su entrega y Su amor, revivir Su Alianza
con todos y con cada uno de nosotros, nos ayudará a entender el mensaje del Evangelio
de Jesús.
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