Las lecturas bíblicas de la misa de este
domingo convergen en el tema de la caridad fraterna en la comunidad de los
creyentes, que tiene su manantial en la comunión de la Trinidad. El apóstol
Pablo afirma que toda la Ley de Dios encuentra su plenitud en el amor, de modo
que, en nuestras relaciones con los demás, los diez mandamientos y cualquier
otro precepto se resumen en: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Cf. Romanos 13, 8-10). El texto del Evangelio, tomado
del capítulo XVIII de Mateo, dedicado a la vida de la comunidad cristiana, nos
dice que el amor fraterno comporta también un sentido de responsabilidad
recíproca, por lo que, si mi hermano comete una culpa contra mí, yo debo ser
caritativo con él y, ante todo, hablarle personalmente, haciéndole presente que
lo que ha dicho o hecho no es bueno. Este modo de actuar se llama corrección
fraterna: no es una reacción a la ofensa sufrida, sino que surge del amor por
el hermano. Comenta dan Agustín: “Aquel que te ha ofendido, ofendiéndote, se ha
inferido a sí mismo una grave herida, y tú ¿no te preocupas por la herida de un
hermano tuyo?... Tú debes olvidar la ofensa que has recibido, no la herida de
tu hermano” (Sermones 82, 7).
¿Y si el hermano no me escucha? Jesús en
el Evangelio de hoy indica unos pasos: primero hay que volver a hablarle con
otras dos o tres personas, para ayudarle a darse cuenta de lo que ha hecho; si
a pesar de esto rechaza aún la observación, es necesario decirlo a la
comunidad; y si no escucha ni siquiera a la comunidad, hay que hacerle percibir
la separación que él mismo ha provocado, separándose de la comunión de la
Iglesia. Todo esto indica que hay una corresponsabilidad en el camino de la
vida cristiana: cada uno, consciente de sus propios límites y defectos, está
llamado a recibir la corrección fraterna y a ayudar a los demás con este
servicio particular.
Otro fruto de la caridad en la comunidad
es la oración concorde. Dice Jesús: “Os aseguro que si dos de vosotros se ponen
de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi
Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi
nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18,19-20). La oración personal ciertamente
es importante, es más, indispensable, pero el Señor asegura su presencia a la
comunidad que --aunque sea muy pequeña-- está unida y unánime, porque refleja
la realidad misma de Dios Uno y Trino, perfecta comunión de amor. Dice Orígenes
que “debemos ejercitarnos en esta sinfonía” (Comentario al Evangelio de
Mateo 14, 1), es decir en esta
concordia en la comunidad cristiana. Debemos ejercitarnos tanto en la
corrección fraterna, que requiere mucha humildad y sencillez de corazón, como
en la oración, para que se eleve a Dios a partir de una comunidad
verdaderamente unida en Cristo. Pidamos todo esto por intercesión de María
santísima, Madre de la Iglesia, y de san Gregorio Magno, papa y doctor, a quien
ayer recordamos en la liturgia.
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