Muchos santos recomiendan utilizar la imaginación y la memoria en la oración mental, zambullirse en los pasajes del Evangelio. Todas las escenas son buenas, ser un protagonista, hablar con el Señor, con Su Madre, con los Apóstoles, con cualquier personaje. Pero hay algunos pasajes más entrañables que otros. La Anunciación, sin dudarlo, es uno de ellos.
Nuestra Madre, jovencísima y guapa, recibe la
embajada del arcángel San Gabriel. La creación contiene el aliento esperando la
respuesta de María. Porque aunque Inmaculada y llena de dones la Virgen es
libre, de otro modo sería una farsa. El momento más trascendental de la
historia del universo, Dios se hará hombre, depende del fiat de la Virgen, de la respuesta a la
llamada.
No parece exagerado pensar que era la misión
más importante de la existencia del arcángel. La presentación resulta escueta a
ojos humanos, sin circunloquios y frases grandilocuentes (Lc 1, 28): un
saludo «¡Alégrate!»; un inusitado y singular reconocimiento:
«llena de gracia»; y el preanuncio de la vocación y los medios para permanecer
fiel: «el Señor está contigo».
San Agustín llegó a decir que «más que contigo, Él está en tu corazón, se forma
en tu seno, llena tu espíritu, llena tu vientre» (Serm. de Nativit. Dom. 4).
El Evangelio nos cuenta que se turbó y
consideraba qué significaban aquel saludo. Es de suponer que el lenguaje no
verbal que las acompañó le imprimió de un carácter de certeza evidente. No fue
sólo un sentimiento, ahí estaban las palabras que quedaron bien grabadas en el
corazón de la Santísima Virgen y que se las transmitió textuales a San Lucas,
pero fueron mucho más que palabras.
En las cosas de Dios no hay irracionalidad,
pero no se puede resolver todo a la razón, de ser así, aun siendo mucho, poca
cosa sería. De una manera u otra la vocación de cada individuo --al matrimonio,
al sacerdocio, a la vida religiosa y siempre a la santidad-- participa de los
mismos elementos. Hay circunstancias y razones, pero también un «extra», una
gracia, que nos hace saber que ese es el querer de Dios para nosotros y que en
un momento dado, si hay trato con Él, hace que lo veamos con claridad. Una
llamada por nuestro nombre y gratuita. Y cuando Dios llama siempre da los
medios.
No somos ángeles, el primer sí es importante,
pero hemos de actualizarlo continuamente. En el camino pueden surgir sombras y
dudas. Así que aunque sólo de un modo pleno se puede decir «el Señor está
contigo» de Nuestra Madre, es el único motivo y el fundamento para que podamos
mantener el rumbo. Podemos acudir a ella en los momentos de más oscuridad,
sabrá hacernos mirar mejor. Como en las bodas de Caná nos dirá «haced lo que Él
os diga» (Jn 2,5) y ella lo sabe bien pues también se angustió y no
comprendió cuando el Niño desapareció en el Templo.
«El Señor está contigo», no quiere decir que
nos acompaña y está a nuestro lado de un modo externo, como si nosotros
pudiésemos hacer algo. No es sentir por el Señor esto o aquello, o un
voluntarismo estéril de hacer cosas buenas para las que contamos con ayuda
divina. Es dejarse hacer, corresponder a la gracia, cumplir Su voluntad del
mismo modo que Nuestra Madre «hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38)
Esta petición de ayuda a la Santísima Virgen
la hacemos de un modo explícito cada vez que rezamos el 'Avemaría' y utilizamos
las mismas palabras del arcángel al hablar con ella. Porque rezar es hablar,
conversación.
San Luis María Grignión de Montfort decía que «la
Salutación Angélica resume, en la más concisa síntesis, toda la teología
cristiana sobre la Santísima Virgen. En el Avemaría encontramos una alabanza y
una invocación. La alabanza contiene cuanto constituye la verdadera grandeza de
María. La invocación contiene cuanto debemos pedir y cuanto podemos esperar de
su bondad» (El secreto admirable del Santísimo Rosario)
Por Juanjo Romero

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