Decía Juan Pablo II en una de sus catequesis (8-V-96), que «llena de gracia» es la primera palabra que el ángel le dirigió, antes incluso que su nombre de pila. Esto nos dice cómo ve Dios a María, cómo la llamaba Él, cómo es alguien que se ha dejado llenar por Él. Ciertamente, la gracia siempre nos viene de Dios, pero el mérito de María estuvo en su apertura a esa acción de Dios. A veces podemos creer que Dios espera que "hagamos eso", "dejemos de hace aquello"... y sí, quizás sí, pero sólo si es consecuencia de haberle dejado a Él ser DIOS en nuestra vida, tal como lo hizo María. De Ella se dijo no “mucha gracia”, “sumamente habitada por la gracia”, o “ganadora de la plenitud de gracia”. No. Se la llamó "llena de gracia". Y para precisar aún más este argumento, basta ir al origen etimológico de la palabra: en griego "kejaritomene" implica cierto tipo de acción realizada por Otro, algo así como "hecha llena de gracia". La que se dejó llenar por Dios.
Esa
gracia ¿qué trajo consigo? Ser la Madre del Redentor, terreno bien dispuesto
para la obra más grande, que es la Redención de la humanidad por la Pasión,
Muerte y Resurrección de Cristo. Y así puede repetirse en nuestras vidas cuando
soltemos más las riendas en las manos de Dios. Como dijo San Agustín: «Aquel
que te hizo sin ti, no te puede salvar sin ti».
Dejémonos
llenar, confiemos como María para poder ser recipientes mejor dispuestos. Sí,
es verdad que nunca seremos suficientemente dignos. Dios lo sabe; aceptémoslo
nosotros. Pero eso sí, luchemos por estar siempre mejor dispuestos.
Así que
hoy, al recitar un Ave María ¿qué paso me pide Dios y me ayuda María que dé
para ser aún más abierto a la gracia?
Por Paulina Núñez

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