Lecturas bíblicas
s
Is 63,16b-17.19b;64,2b-7
s
1 Co 1,3-9
s
Mc 13,33-37
"Lo que a
vosotros os digo, a todos lo digo: ¡velad!” (Mc. 13,37).
Toda la liturgia del tiempo de
Adviento está centrada en la “espera vigilante” con la que cada uno, por medio de
un auténtico espíritu de oración, humilde y confiada, se prepara a recibir la
venida del Señor Jesús.
La actitud con la cual toda la
humanidad, y de modo particular todos los cristianos, deberían predisponerse a
recibir al “dueño de casa” es “la espera vigilante”.
San Basilio dice al respecto: “¿Qué
es lo propio del cristiano? Vigilar cada día y cada hora, y estar pronto para
cumplir perfectamente lo que es agradable a Dios, sabiendo que a la hora en que
no pensamos llegará el Señor”[1]. Por
lo tanto, la espera del hombre no es pasiva, estéril o “muerta”, sino vida,
activa y participativa. El hombre participa así, de modo particular, a la
venida misma del Señor: “ El testimonio de Cristo se ha confirmado en vosotros”
(1Cor. 1, 6).
Por este motivo no sólo espera,
sino que llama a Dios: “Tú, Señor, eres nuestro padre”. El hombre, reconociendo
que pecó al no haber invocado a Dios como Padre, y que por ello ha merecido que
le escondiera su propio rostro, pide que regrese “por amor de sus servidores”,
y se coloca en una situación de completo abandono en las manos de su Señor,
porque “nosotros somos el barro, Tú, nuestro alfarero y todos nosotros la obra
de tus manos” (cfr. Is, 64, 6-7).
De aquí que no podamos más que
agradecer a Dios: “hemos sido enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda
ciencia” (1Cor. 1, 5), para que
seamos encontrados “irreprensibles en el día del Señor”.
Todo esto nos empuja a estar
vigilantes, porque no conocemos “el momento preciso” en que Él regresará a
casa. La “casa” puede ser tomada como imagen de la comunidad cristiana, que se
preparara a acoger, de manera vigilante, por medio de una vida en oración y por
las obras, a “su dueño”; pero es también el hogar espiritual de cada uno, que
debe ser edificado cada día.
Cada uno debe cuidar y llevar a cabo
lo que Dios le ha confiado, vigilando para no encontrarse sin preparación
cuando venga el Señor. El tiempo de Adviento nos llama a reforzar el espíritu
de oración, tratando de combatir la negligencia y la debilidad que lleva a
ceder frente al pecado.
El Beato John Henry Newman escribe
en su diario espiritual: “Vigilar: ¿qué quiere decir, por Cristo? Estar
vigilantes. [...] Vigilar con Cristo es mirar adelante sin olvidar el pasado.
Es no olvidar que Él ha sufrido por nosotros; es perdernos en la contemplación
atraídos por la grandeza de la redención. Es renovar continuamente en el propio
ser la pasión y la agonía de Cristo; es revestirnos con alegría de aquel manto
de aflicción con el que Cristo quiso primero vestirse y después dejarlo para
irse al cielo. Es despegarse del mundo sensible y vivir en el no sensible. Así
Cristo vendrá y lo hará en el modo en que lo dijo que lo hará".[2]
Que en este fascinante tiempo
de Adviento nos acompañe la
Santísima Virgen María, Madre de la espera y del silencio.
Ella, que más que ninguna otra criatura supo acoger humildemente la voluntad de
Dios, permitiendo así la obra de la Redención , sostenga la oración, las obras y la
auténtica y permanente renovación del Cuerpo eclesial en la santidad.

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