Reverendos y queridos Sacerdotes:
En este especial Tiempo de gracia,
María Santísima, Icono y Modelo de la Iglesia, quiere introducirnos en la
actitud permanente de su Corazón Inmaculado: la vigilancia.
La Santísima Virgen vivió
constantemente en vigilancia orante. En vigilia recibió el Anuncio que ha
cambiado la historia de la humanidad. En vigilia cuidó y contempló, más y antes
que cualquier otro, al Altísimo que se hacía Hijo suyo. Vigilante y llena de
asombro amoroso y agradecido, dio a luz a la misma Luz y, junto a San José, se
hizo discípula de Aquel que de Ella había nacido; que había sido adorado por
los pastores y los sabios; que fue acogido por el anciano Simeón exultante y
por la profetisa Ana; temido por los doctores del Templo, amado y seguido por
los discípulos, hostigado y condenado por su pueblo. Vigilando en su Corazón
materno, María siguió a Jesucristo hasta el pie de la Cruz y, con el inmenso
dolor de Corazón traspasado, nos acogió como sus nuevos hijos. Velando, la
Virgen esperó con certeza la Resurrección y fue llevada al Cielo.
Amigos muy queridos: ¡Cristo vela
incesantemente sobre su Iglesia y sobre cada uno de nosotros! Y la vigilancia
en la cual nos llama a entrar, es la apasionada mirada de la realidad, que se
mueve entre dos directrices fundamentales: la memoria de todo lo sucedido en
nuestra vida al encontrarnos con Cristo y con el gran misterio de ser sus
sacerdotes, y la apertura a la “categoría de la posibilidad”.
La Virgen María “hacía memoria”, es
decir, revivía continuamente en su corazón todo lo que Dios había obrado en
Ella y, teniendo certeza de esta realidad, realizaba su tarea de ser la Madre
del Altísimo. El Corazón Inmaculado de la Virgen estaba constantemente disponible
y abierto a “lo posible”, es decir, a concretar la amorosa Voluntad de Dios
tanto en las circunstancias cotidianas como en las más inesperadas. También
hoy, desde el Cielo, María Santísima nos custodia en la memoria viva de Cristo
y nos abre continuamente a la posibilidad de la divina Misericordia.
Pidámosle a Ella, queridos Hermanos y
Amigos, un corazón capaz de revivir el Adviento de Cristo en nuestra vida;
capaz de contemplar el modo en el cual el Hijo de Dios, el día de nuestra
Ordenación, marcó radical y definitivamente toda nuestra existencia
sumergiéndola en su Corazón sacerdotal. Que Él nos renueve cada día en la
Celebración Eucarística, que es transfiguración de nuestra misma vida en el
Adviento de Cristo por la humanidad. Pidamos, en fin, un corazón atento para
reconocer los signos del Adviento de Jersús en la vida de cada hombre y, en
particular, entre los jóvenes que se nos confían: que sepamos discernir los
signos de ese especialísimo Adviento, que es la Vocación al sacerdocio.
La Santísima Virgen María, Madre de los
sacerdotes y Reina de los Apóstoles, nos obtenga, a cuantos humildemente la
pidamos, la paternidad espiritual, la única capaz de “acompañar” a los jóvenes
en el alegre y entusiasmante camino del seguimiento.
En el “sí” de la Anunciación, somos
animados a vivir en coherencia con el “sí” de nuestra ordenación; en la
Visitación a Santa Isabel, somos animados a vivir en la intimidad divina para
llevar su presencia a otros y para traducirla en un gozoso servicio, sin
límites de tiempo y de lugar.
Contemplando a la Santísima Madre adorando al
Niño Jesús envuelto en pañales, aprendemos a tratar con amor inefable la
Santísima Eucaristía. Conservando todo acontecimiento en el propio corazón,
aprendemos de María a concentrarnos en torno al Único Necesario.
Con estos sentimientos les aseguro a
todos, queridos sacerdotes esparcidos por el mundo, un especial recuerdo en la
celebración de los Santos Misterios y pido a cada uno sostenerme en su oración
para cumplir el ministerio que se me ha confiado. ¡Pidamos, delante del
pesebre, que cada día podamos ser aquello que somos!
Mensaje
del prefecto de la Congregación para el Clero, Cardenal de Piacenza, a los
sacerdotes al inicio del tiempo litúrgico de Adviento.
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