Queridos hermanos y hermanas!
Hoy iniciamos en toda la Iglesia el
nuevo Año litúrgico: un nuevo camino de fe, a vivir juntos en las comunidades
cristianas, pero también, como siempre, a recorrer dentro de la historia del
mundo, para abrirla al misterio de Dios, a la salvación que viene de su amor. El
Año litúrgico empieza con el Tiempo de Adviento: tiempo estupendo en el que se
despierta en los corazones la espera de la vuelta de Cristo y la memoria de su
primera venida, cuando se despojó de su gloria divina para asumir nuestra carne
mortal.
“¡Velad!”. Este es el llamamiento de
Jesús en el Evangelio de hoy. Lo dirige no sólo a sus discípulos, sino a todos:
“¡Velad!” (Mt 13,37). Es una llamada saludable a recordar que la vida no tiene
sólo la dimensión terrena, sino que es proyectada hacia un “más allá”, como una
plantita que germina de la tierra y se abre hacia el cielo. Una plantita
pensante, el hombre, dotada de libertad y responsabilidad,por lo que cada uno
de nosotros será llamado a rendir cuentas de cómo ha vivido, de cómo ha usado
las propias capacidades: si las ha conservado para sí o las ha hecho
fructificar también para el bien de los hermanos.
También Isaías, el profeta del
Adviento, nos hace reflexionar hoy con una sentida oración, dirigida a Dios en
nombre del pueblo. Reconoce las faltas de su gente, y en un cierto momento
dice: “Nadie invocaba tu nombre, nadie salía del letargo para adherirse a tí;
porque tu nos escondías tu rostro y nos entregabas a nuestras maldades” (Is
64,6). ¿Cómo no quedar impresionados por esta descripción? Parece reflejar
ciertos panoramas del mundo postmoderno: las ciudades donde la vida se hace
anónima y horizontal, donde Dios parece ausente y el hombre el único amo, como
si fuera él el artífice y el director de todo: construcciones, trabajo,
economía, transportes, ciencias, técnica, todo parece depender sólo del hombre.
Y a veces, en este mundo que parece casi perfecto, suceden cosas chocantes, o
en la naturaleza, o en la sociedad, por las que pensamos que Dios pareciera
haberse retirado, que nos hubiera, por así decir, abandonado a nosotros mismos.
En realidad, el verdadero “dueño” del
mundo no es el hombre, sino Dios. El Evangelio dice: “Así que velad, porque no
sabéis cuándo llegará el dueño de la casa, si al atardecer o a media noche, al
canto del gallo o al amanecer. No sea que llegue de improviso y os encuentre
dormidos” (Mc 13,35-36). El Tiempo de Adviento viene cada año a recordarnos
esto para que nuestra vida reencuentre su justa orientación hacia el rostro de
Dios. El rostro no de un “amo”, sino de un Padre y de un Amigo. Con la Virgen
María, que nos guía en el camino del Adviento, hagamos nuestras las palabras
del profeta. "Señor, tu eres nuestro padre; nosotros somos de arcilla y tu
el que nos plasma, todos nosotros somos obra de tus manos” (Is 64,7).
Benedicto
XVI ,domingo 27 noviembre 2011, primer domingo de Adviento.

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