Comentarios a la segunda lectura dominical (2º domingo de Adviento, ciclo B)
"Mas una cosa no podéis ignorar,
queridos: que ante el Señor un día es como mil años y, mil años, como un día.
No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo
suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan,
sino que todos lleguen a la conversión. El día del Señor llegará como un
ladrón; en aquel día, los cielos, con ruido ensordecedor, se desharán; los
elementos, abrasados, se disolverán, y la tierra y cuanto ella encierra se
consumirá. Puesto que todas estas cosas han de disolverse así, ¿cómo conviene
que seáis en vuestra santa conducta y en la piedad, esperando y acelerando la
venida del día de Dios, en el que los cielos, en llamas, se disolverán, y los
elementos, abrasados, se fundirán? Pero esperamos, según nos lo tiene
prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en lo que habite la justicia. Por lo
tanto, queridos, en espera de estos acontecimientos, esforzaos por ser hallados
en paz ante él, sin mancilla y sin tacha". 2Pe 3,8-14
Comentario
El pasaje propuesto para este 2º
domingo de adviento en la 2ª lectura nos reclama a la verdad de fe de "la
venida del Señor" al final de los tiempos (vv.8-10) y a la necesidad de
"prepararse santamente" para el día del Señor (vv.9-14).
En la primera parte del pasaje se habla
de "la venida del Señor" (vv.8-10): Para explicar el retraso aparente
de la parusía, el autor de la carta recurre al Sal 90,4, según una
interpretación judía tradicional: para el Señor un solo día es como mil años.
También el Apocalipsis (20,3-6) refiere una especulación análoga de los tiempos
antes de la llegada del Señor, la cual ha dado lugar posteriormente a toda una
serie de cálculos sobre el fin del mundo. Está claro que el texto que
comentamos no se sitúa ni mucho menos en semejantes perspectivas.
Ante el hecho del alargarse de los
tiempos antes de "la venida del Señor", no sería exacto juzgar esto
como si se tratara de un retraso indefinido. Más bien debemos ver en ello un
plazo de gracia, como indica el v.9: se trata de la paciencia que Dios tiene
con vosotros, para que abracemos la conversión. De este modo el autor de la
carta nos interpela a descubrir la misericordia de Dios como la clave de la
historia, según demostraba ya la historia de Noé que invitaba a sus
contemporáneos a la conversión, antes de que fuera demasiado tarde (2Pe 2,5).
Esta paciencia y misericordia de Dios
no contradice el hecho de que el juicio llegará, caracterizado por una
irrupción del fuego celestial. El carácter imprevisible del regreso de Cristo
queda gráficamente expresado por medio de la imagen del ladrón. Tal imagen
procede de una parábola (Mt 24,43-45 y par.) y se encuentra también en 1Tes 5,2
y en Ap 3,3; 16,15.
La segunda parte del pasaje gira en
torno a la necesidad de "prepararse santamente" para el día del Señor
(vv.9-14). Se trata de la consecuencia lógica de lo expuesto anteriormente.
Ante la realidad de "la venida del Señor" sólo cabe la actitud de
quien se dispone a recibirlo con una conducta y piedad santas, esto es en una
vida cristiana justa e intachable, contribuyendo de este modo a la inminencia
del día del Señor en que surgirán "nuevos cielos y nueva tierra". Por
consiguiente, la enseñanza sobre la destrucción del mundo no tiene que
llevarnos a un desinterés egoísta por nuestras tareas terrenas, ya que podrán
habitar en la tierra nueva (Is 65,17) sólo quienes hayan caminado por el
"camino de la justicia" (2Pe 2,21).
Nuestro comentario está muy bien
ilustrado en la constitución Gaudium et Spes:
"Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la
humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo. La
figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos
prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya
bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que
surgen en el corazón humano. [...] No obstante, la espera de una tierra nueva
no debe amortiguar, sino más bien aliviar, la preocupación de perfeccionar esta
tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de
alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo" (nº 39).
Aplicación
Convertirse y vivir en la santidad para
habitar el mundo nuevo.
En este tiempo de adviento que nos
prepara a la celebración del misterio de la Navidad, la liturgia de la palabra
de este segundo domingo nos exhorta, de forma clara e insistente, a disponernos
de la mejor manera para ser dignos de entrar a formar parte del mundo nuevo que
la llegada de Cristo inaugurará. Esta preparación para el encuentro con Dios
pasa, en primer lugar, por la conversión personal. Así resuena en la primera
lectura del libro de Isaías (40,1-5.9-11), en donde Dios garantiza que está a
punto de obrar un cambio radical en la situación de aflicción de su pueblo,
debida a sus mismos pecados, ofreciendo la "consolación" que proviene
de Él, pero a condición de que el pueblo se convierta a Él.
El evangelio de Marcos (1,1-8) retoma,
como en un eco, las palabras del profeta Isaías colocándolas en labios de Juan
el Bautista. De este modo confirma la necesidad de la conversión como algo
imprescindible para purificar nuestro corazón de todo aquello que puede
mantenernos apartados de Dios. Sólo podrán colocarse entre los destinatarios de
la acción benéfica de Dios en su venida quienes hayan purificado su corazón de
todo mal. Estamos llamados a abrir camino al Señor a través de la escucha y
docilidad a su palabra; a rellenar los valles con su presencia en nuestras
vidas; y a rebajar las colinas vaciándonos de todo orgullo y dando paso a una
actitud de total sumisión y confianza en Él.
Por lo mismo el autor de la segunda
carta de san Pedro (3,8-14), al mismo tiempo que despierta nuestra conciencia
ante lo que conllevará "la venida del Señor", nos insiste en la
necesidad de disponernos a ella con una vida santa. La santidad a la que somos
llamados no es otra que la vivencia fiel y coherente de nuestra vida cristiana,
abrazando por amor y puntualmente la voluntad de Dios en sus diversas
expresiones, según el estado y los compromisos de vida de cada uno. Así seremos
juzgados dignos de habitar el mundo nuevo que Él viene a inaugurar.
Pedro Mendoza LC
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