Esperanza, Alegría
y preparación tema principal en los mensajes de Adviento (206- 2011) del Papa
I domingo de
adviento 2006
1) La primera
antífona de esta celebración vespertina se presenta como apertura del tiempo de
Adviento y resuena como antífona de todo el Año litúrgico: "Anunciad a
todos los pueblos y decidles: Mirad, Dios viene, nuestro Salvador" (...).
Detengámonos un momento a reflexionar: no usa el pasado -Dios ha venido- ni el
futuro, -Dios vendrá-, sino el presente: "Dios viene". Como podemos
comprobar, se trata de un presente continuo, es decir, de una acción que se
realiza siempre: está ocurriendo, ocurre ahora y ocurrirá también en el futuro.
En todo momento "Dios viene".
2) El
Adviento invita a los creyentes a tomar conciencia de esta verdad y a actuar
coherentemente. Resuena como un llamamiento saludable que se repite con el paso
de los días, de las semanas, de los meses: Despierta. Recuerda que Dios viene.
No ayer, no mañana, sino hoy, ahora.
3) El único
verdadero Dios, "el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob" no es un
Dios que está en el cielo, desinteresándose de nosotros y de nuestra historia,
sino que es el Dios-que-viene. Es un Padre que nunca deja de pensar en nosotros
y, respetando totalmente nuestra libertad, desea encontrarse con nosotros y
visitarnos; quiere venir, vivir en medio de nosotros, permanecer en nosotros.
Viene porque desea liberarnos del mal y de la muerte, de todo lo que impide
nuestra verdadera felicidad, Dios viene a salvarnos.
4) De una
forma que sólo él conoce, la comunidad cristiana puede apresurar la venida
final, ayudando a la humanidad a salir al encuentro del Señor que viene. Y lo
hace ante todo, pero no sólo, con la oración.
I domingo de
adviento 2007
5) La
esperanza cristiana está inseparablemente unida al conocimiento del rostro de
Dios, el rostro que Jesús, el Hijo unigénito, nos reveló con su encarnación,
con su vida terrena y su predicación, y sobre todo con su muerte y
resurrección.
6) Como se
puede apreciar en el Nuevo Testamento y en especial en las cartas de los
Apóstoles, desde el inicio una nueva esperanza distinguió a los cristianos de
las personas que vivían la religiosidad pagana. San Pablo, en su carta a los
Efesios, les recuerda que, antes de abrazar la fe en Cristo, estaban «sin
esperanza y sin Dios en este mundo» (Ef 2, 12). Esta expresión resulta
sumamente actual para el paganismo de nuestros días: podemos referirla en
particular al nihilismo contemporáneo, que corroe la esperanza en el corazón
del hombre, induciéndolo a pensar que dentro de él y en torno a él reina la
nada: nada antes del nacimiento y nada después de la muerte.
7) Si falta
Dios, falla la esperanza. Todo pierde sentido. Es como si faltara la dimensión
de profundidad y todas las cosas se oscurecieran, privadas de su valor
simbólico; como si no «destacaran» de la mera materialidad.
8) Dios
conoce el corazón del hombre. Sabe que quien lo rechaza no ha conocido su
verdadero rostro; por eso no cesa de llamar a nuestra puerta, como humilde
peregrino en busca de acogida. El Señor concede un nuevo tiempo a la humanidad
precisamente para que todos puedan llegar a conocerlo.
9) Mi
esperanza, nuestra esperanza, está precedida por la espera que Dios cultiva con
respecto a nosotros. Sí, Dios nos ama y precisamente por eso espera que
volvamos a él, que abramos nuestro corazón a su amor, que pongamos nuestra mano
en la suya y recordemos que somos sus hijos. Esta espera de Dios precede
siempre a nuestra esperanza, exactamente como su amor nos abraza siempre
primero.
10) Cada
hombre está llamado a esperar correspondiendo a lo que Dios espera de él. Por
lo demás, la experiencia nos demuestra que eso es precisamente así. ¿Qué es lo
que impulsa al mundo sino la confianza que Dios tiene en el hombre? Es una
confianza que se refleja en el corazón de los pequeños, de los humildes, cuando
a través de las dificultades y las pruebas se esfuerzan cada día por obrar de
la mejor forma posible, por realizar un bien que parece pequeño, pero que a los
ojos de Dios es muy grande: en la familia, en el lugar de trabajo, en la
escuela, en los diversos ámbitos de la sociedad. La esperanza está
indeleblemente escrita en el corazón del hombre, porque Dios nuestro Padre es
vida, y estamos hechos para la vida eterna y bienaventurada.
I domingo de
adviento 2008
11) Todo el
pueblo de Dios se pone de nuevo en camino atraído por este misterio: nuestro
Dios es "el Dios que viene" y nos invita a salir a su encuentro. ¿De
qué modo? Ante todo en la forma universal de la esperanza y la espera que es la
oración, la cual encuentra su expresión eminente en los Salmos, palabras
humanas en las que Dios mismo puso y pone continuamente la invocación de su
venida en los labios y en el corazón de los creyentes.
12)
"Señor, (...) ven de prisa" (v. 1). Es el grito de una persona que se
siente en grave peligro, pero también es el grito de la Iglesia en medio de las
múltiples asechanzas que la rodean, que amenazan su santidad, la integridad
irreprensible de la que habla el apóstol san Pablo y que, en cambio, debe
conservarse hasta la venida del Señor. Y en esta invocación resuena también el
grito de todos los justos, de todos los que quieren resistir al mal, a las
seducciones de un bienestar inicuo, de placeres que ofenden la dignidad humana
y la condición de los pobres.
I domingo de
adviento 2009
13) Adviento.
Reflexionemos brevemente sobre el significado de esta palabra, que se puede
traducir por "presencia", "llegada", "venida". En
el lenguaje del mundo antiguo era un término técnico utilizado para indicar la
llegada de un funcionario, la visita del rey o del emperador a una provincia.
Pero podía indicar también la venida de la divinidad, que sale de su
escondimiento para manifestarse con fuerza, o que se celebra presente en el
culto. Los cristianos adoptaron la palabra "Adviento" para expresar
su relación con Jesucristo: Jesús es el Rey, que ha entrado en esta pobre
"provincia" denominada tierra para visitar a todos; invita a
participar en la fiesta de su Adviento a todos los que creen en él, a todos los
que creen en su presencia en la asamblea litúrgica. Con la palabra adventus se
quería decir substancialmente: Dios está aquí, no se ha retirado del mundo, no
nos ha dejado solos. Aunque no podamos verlo o tocarlo, como sucede con las
realidades sensibles, él está aquí y viene a visitarnos de múltiples maneras.
14) El significado de la expresión "Adviento" comprende también el de visitatio, que simplemente quiere decir "visita"; en este caso se trata de una visita de Dios: él entra en mi vida y quiere dirigirse a mí. En la vida cotidiana todos experimentamos que tenemos poco tiempo para el Señor y también poco tiempo para nosotros. Acabamos dejándonos absorber por el "hacer". ¿No es verdad que con frecuencia es precisamente la actividad lo que nos domina, la sociedad con sus múltiples intereses lo que monopoliza nuestra atención? ¿No es verdad que se dedica mucho tiempo al ocio y a todo tipo de diversiones? A veces las cosas nos "arrollan".
15) El
Adviento, este tiempo litúrgico fuerte que estamos comenzando, nos invita a
detenernos, en silencio, para captar una presencia. Es una invitación a
comprender que los acontecimientos de cada día son gestos que Dios nos dirige,
signos de su atención por cada uno de nosotros. ¡Cuán a menudo nos hace
percibir Dios un poco de su amor! Escribir -por decirlo así- un "diario
interior" de este amor sería una tarea hermosa y saludable para nuestra
vida. El Adviento nos invita y nos estimula a contemplar al Señor presente. La
certeza de su presencia, ¿no debería ayudarnos a ver el mundo de otra manera?
¿No debería ayudarnos a considerar toda nuestra existencia como
"visita", como un modo en que él puede venir a nosotros y estar cerca
de nosotros, en cualquier situación?
16) En la
vida, el hombre está constantemente a la espera: cuando es niño quiere crecer;
cuando es adulto busca la realización y el éxito; cuando es de edad avanzada
aspira al merecido descanso. Pero llega el momento en que descubre que ha
esperado demasiado poco si, fuera de la profesión o de la posición social, no
le queda nada más que esperar. La esperanza marca el camino de la humanidad,
pero para los cristianos está animada por una certeza: el Señor está presente a
lo largo de nuestra vida, nos acompaña y un día enjugará también nuestras
lágrimas. Un día, no lejano, todo encontrará su cumplimiento en el reino de
Dios, reino de justicia y de paz.
17) Existen
maneras muy distintas de esperar. Si el tiempo no está lleno de un presente
cargado de sentido, la espera puede resultar insoportable; si se espera algo,
pero en este momento no hay nada, es decir, si el presente está vacío, cada
instante que pasa parece exageradamente largo, y la espera se transforma en un
peso demasiado grande, porque el futuro es del todo incierto. En cambio, cuando
el tiempo está cargado de sentido, y en cada instante percibimos algo
específico y positivo, entonces la alegría de la espera hace más valioso el
presente. Queridos hermanos y hermanas, vivamos intensamente el presente, donde
ya nos alcanzan los dones del Señor, vivámoslo proyectados hacia el futuro, un
futuro lleno de esperanza. De este modo, el Adviento cristiano es una ocasión
para despertar de nuevo en nosotros el sentido verdadero de la espera,
volviendo al corazón de nuestra fe, que es el misterio de Cristo, el Mesías
esperado durante muchos siglos y que nació en la pobreza de Belén.
18) Al venir
entre nosotros, nos trajo y sigue ofreciéndonos el don de su amor y de su
salvación. Presente entre nosotros, nos habla de muchas maneras: en la Sagrada
Escritura, en el año litúrgico, en los santos, en los acontecimientos de la
vida cotidiana, en toda la creación, que cambia de aspecto si detrás de ella se
encuentra él o si está ofuscada por la niebla de un origen y un futuro
inciertos.
19) Nosotros
podemos dirigirle la palabra, presentarle los sufrimientos que nos entristecen,
la impaciencia y las preguntas que brotan de nuestro corazón. Estamos seguros
de que nos escucha siempre. Y si Jesús está presente, ya no existe un tiempo
sin sentido y vacío. Si él está presente, podemos seguir esperando incluso
cuando los demás ya no pueden asegurarnos ningún apoyo, incluso cuando el
presente está lleno de dificultades.
I domingo de
adviento 2010
20) Durante
el tiempo de Adviento sentiremos que la Iglesia nos toma de la mano y, a imagen
de María santísima, manifiesta su maternidad haciéndonos experimentar la espera
gozosa de la venida del Señor, que nos abraza a todos en su amor que salva y
consuela.
I domingo de
adviento 2011
¡Queridos
hermanos y hermanas!
Hoy iniciamos
en toda la Iglesia el nuevo Año litúrgico: un nuevo camino de fe, a vivir
juntos en las comunidades cristianas, pero también, como siempre, a recorrer
dentro de la historia del mundo, para abrirla al misterio de Dios, a la salvación
que viene de su amor. El Año litúrgico empieza con el Tiempo de Adviento:
tiempo estupendo en el que se despierta en los corazones la espera de la vuelta
de Cristo y la memoria de su primera venida, cuando se despojó de su gloria
divina para asumir nuestra carne mortal.
“¡Velad!”.
Este es el llamamiento de Jesús en el Evangelio de hoy. Lo dirige no sólo a sus
discípulos, sino a todos: “¡Velad!” (Mt 13,37). Es una llamada saludable a
recordar que la vida no tiene sólo la dimensión terrena, sino que es proyectada
hacia un “más allá”, como una plantita que germina de la tierra y se abre hacia
el cielo. Una plantita pensante, el hombre, dotada de libertad y
responsabilidad, por lo que cada uno de nosotros será llamado a rendir cuentas
de cómo ha vivido, de cómo ha usado las propias capacidades: si las ha
conservado para sí o las ha hecho fructificar también para el bien de los
hermanos.
También
Isaías, el profeta del Adviento, nos hace reflexionar hoy con una sentida
oración, dirigida a Dios en nombre del pueblo. Reconoce las faltas de su gente,
y en un cierto momento dice: “Nadie invocaba tu nombre, nadie salía del letargo
para adherirse a tí; porque tu nos escondías tu rostro y nos entregabas a
nuestras maldades” (Is 64,6).
¿Cómo no
quedar impresionados por esta descripción? Parece reflejar ciertos panoramas
del mundo postmoderno: las ciudades donde la vida se hace anónima y horizontal,
donde Dios parece ausente y el hombre el único amo, como si fuera él el
artífice y el director de todo: construcciones, trabajo, economía, transportes,
ciencias, técnica, todo parece depender sólo del hombre. Y a veces, en este
mundo que parece casi perfecto, suceden cosas chocantes, o en la naturaleza, o
en la sociedad, por las que pensamos que Dios pareciera haberse retirado, que
nos hubiera, por así decir, abandonado a nosotros mismos.
En realidad,
el verdadero “dueño” del mundo no es el hombre, sino Dios. El Evangelio dice:
“Así que velad, porque no sabéis cuándo llegará el dueño de la casa, si al
atardecer o a media noche, al canto del gallo o al amanecer. No sea que llegue
de improviso y os encuentre dormidos” (Mc 13,35-36). El Tiempo de Adviento
viene cada año a recordarnos esto para que nuestra vida reencuentre su justa
orientación hacia el rostro de Dios. El rostro no de un “amo”, sino de un Padre
y de un Amigo. Con la Virgen María, que nos guía en el camino del Adviento,
hagamos nuestras las palabras del profeta. "Señor, tu eres nuestro padre;
nosotros somos de arcilla y tu el que nos plasma, todos nosotros somos obra de
tus manos” (Is 64,7).

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