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Los dones del Espíritu Santo: el Consejo

De las catequesis del Papa (7 de mayo de 2014)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buen día! Hemos escuchado la lectura de esa estrofa del Libro de los Salmos, que dice: 'El Señor me aconseja, el Señor me habla internamente'. Es éste otro de los dones del Espíritu Santo, es el don del consejo.

Sabemos cuánto sea importante en los momentos más delicados, poder contar con el consejo de las personas sabias que nos quieren mucho. Ahora, a través del don del consejo, es Dios mismo con su Espíritu que ilumina nuestro corazón, de manera que podamos entender el modo justo de hablar, de comportarnos y el camino que debemos seguir.

Pero, ¿cómo actúa este don en nosotros? En el momento en que lo recibimos y hospedamos en nuestro corazón, el Espíritu Santo comienza enseguida a volver sensible su voz, a orientar nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestras intenciones, de acuerdo con el corazón de Dios. Y al mismo tiempo nos lleva siempre más a poner nuestra mirada interior en Jesús como el modelo de nuestro modo de actuar y relacionarse con Dios Padre y con los hermanos.

El consejo es entonces el don con el cual el Espíritu Santo vuelve capaz a nuestra conciencia de tomar una decisión concreta en comunión con Dios, según la lógica de Jesús y de su evangelio. De este modo el Espíritu crece interiormente, positivamente, en la comunidad. Y nos ayuda a no caer en el yugo del egoísmo y en el modo de ver las cosas. Así el Espíritu nos ayuda a crecer y también a vivir en comunidad.

La condición esencial para conservar este don es la oración. Pero siempre volvemos a lo mismo: la oración. Y es tan importante la oración, rezar; rezar las oraciones que conocemos desde niños, pero también rezar con nuestras palabras, rezarle al Señor: ¡ayúdame! ¿Señor qué debo hacer ahora? Y con la oración hacemos espacio para que el Espíritu venga y nos ayude en ese momento y nos aconseje sobre lo que nosotros debemos hacer.

La oración, nunca olvidarse de la oración, nunca. Nadie se da cuenta cuando nosotros rezamos en el autobús o en la calle, rezamos en silencio con el corazón, aprovechemos estos momentos para rezar. Rezar para que el Espíritu nos de este don del consejo.

En la intimidad con Dios y en el don de su palabra, poco a poco dejamos de lado nuestra lógica personal, dictada la mayoría de las veces por nuestro encerrarnos, por nuestros prejuicios y nuestras ambiciones. Aprendamos en cambio a pedirle al Señor '¿Cuál es tu deseo?', pedirle consejo al Señor. Y esto lo hacemos con la oración.

Y de esta manera madura en nosotros una sintonía profunda, casi natural con el Espíritu y se experimenta cuanto sean verdaderas las palabras de Jesús reportadas en el evangelio de Mateo: 'No se preocupen de qué o que cosa dirán. Porque les será dado en esa hora lo que deberán decir. Porque de hecho no serán ustedes a hablar, pero es el Espíritu del Padre vuestro que hablará en vosotros'. Es el Espíritu que nos aconseja, pero nosotros debemos darle espacio al Espíritu para que nos aconseje. Dar espacio es rezar, rezar para que el venga y nos ayude siempre.

Y como todos los otros dones del Espíritu, el consejo constituye también un tesoro para toda la comunidad cristiana. El Señor no nos habla solamente en la intimidad del corazón, nos habla sí, pero no solamente allí, pero nos habla también a través del consejo y testimonio de los hermanos. Es verdaderamente un don grande poder encontrar a hombres y mujeres de fe que especialmente en los momentos más complicados e importantes de nuestra vida nos ayuden a hacer luz en nuestro corazón y a reconocer la voluntad del Señor.

Me acuerdo una vez que estaba en el confesionario con una fila larga adelante, era en el santuario de Luján, la diócesis de ese obispo que está allí. Estaba en la cola un muchachón, todo moderno, con aros, tatuajes y todo lo demás. Vino para decirme lo que le pasaba, era un problema grande difícil, ¿y tú qué harías?. Y él me dijo: “Le he contado todo esto a mi madre y ella me dijo, 've a lo de la Virgen y ella te dirá lo que tienes que hacer'. Estaba allí una mujer que tenía el don del consejo. No sabía cómo salir del problema del hijo, pero le indicó el camino justo. Ve a lo de la Virgen y ella te dirá. Este es el don del consejo, dejar que el Espíritu hable. Y esa mujer humilde y simple le dio a su hijo el consejo más verdadero, porque este muchacho me dijo: 'Hablé con la Virgen y Ella me dijo, tienes que hacer esto, esto y esto'. Y yo no tuve necesidad de hablar. Todo lo hicieron la mamá, la Virgen, y el joven. Este es el don del consejo. Y ustedes mamás, que tienen ese don, pidan este don para sus hijos, el don de aconsejar a los hijos. Es un don de Dios

Queridos amigos, el salmo que hemos oído nos invita a rezar con estas palabras: 'Bendigo al Señor que me ha dado consejo. También de noche mi ánimo me instruye, yo pongo siempre delante de mí al Señor que está a mi derecha, no podré vacilar'.

Que el Espíritu pueda siempre infundir en nuestro corazón esta certeza y colmarnos así de su consolación y de su paz. Pidan siempre el don del Consejo. Gracias.

Los orígenes de la devoción a la virgen

La Virgen María ha sido honrada y venerada como Madre de Dios desde los albores del cristianismo
 
“Los primeros cristianos, a los que hemos de acudir siempre como modelo, dieron un culto amoroso a la Virgen. En las pinturas de los tres primeros siglos del Cristianismo, que se conservan en las catacumbas romanas, se la contempla representada con el Niño Dios en brazos. ¡Nunca les imitaremos bastante en esta devoción a la Santísima Virgen!”
(San Josemaría Escrivá)
 
 Con ocasión del mes de Mayo hablamos sobre los orígenes de la devoción mariana en los primeros cristianos
 
Me llamarán Bienaventurada
 
Como han puesto en evidencia los estudios mariológicos recientes, la Virgen María ha sido honrada y venerada como Madre de Dios y Madre de los cristianos desde los albores del cristianismo.
 
En los tres primeros siglos la veneración a María está incluida fundamentalmente dentro del culto a su Hijo.
 
Un Padre de la Iglesia resume el sentir de este primigenio culto mariano refiriéndose a María con estas palabras: «Los profetas te anunciaron y los apóstoles te celebraron con las más altas alabanzas».
 
De estos primeros siglos sólo pueden recogerse testimonios indirectos del culto mariano. Entre ellos se encuentran algunos restos arqueológicos en las catacumbas, que demuestran el culto y la veneración, que los primeros cristianos tuvieron por María.
 
Tal es el caso de las pinturas marianas de las catacumbas de Priscila: en una de ellas se muestra a la Virgen nimbada con el Niño al pecho y un profeta (quizá Isaías) a un lado; las otras dos representan la Anunciación y la Epifanía.
 
Todas ellas son de finales del siglo II. En las catacumbas de San Pedro y San Marceliano se admira también una pintura del siglo III/IV que representa a María en medio de S. Pedro y S. Pablo, con las manos extendidas y orando.
Una magnífica muestra del culto mariano es la oración “Sub tuum praesidium” (Bajo tu amparo nos acogemos)  que se remonta al siglo III-IV, en la que se acude a la intercesión a María.
 
Los Padres del siglo IV alaban de muchas y diversas maneras a la Madre de Dios. San Epifanio, combatiendo el error de una secta de Arabia que tributaba culto de latría a María, después de rechazar tal culto, escribe: «¡Sea honrada María! !Sea adorado el Señor!».
 
La misma distinción se aprecia en San Ambrosio quien tras alabar a la « Madre de todas las vírgenes» es claro y rotundo, a la vez, cuando dice que «María es templo de Dios y no es el Dios del templo» , para poner en su justa medida el culto mariano, distinguiéndolo del profesado a Dios.
 
Hay constancia de que en tiempo del papa San Silvestre, en los Foros, donde se había levantado anteriormente un templo a Vesta, se construyó uno cuya advocación era Santa María de la Antigua. Igualmente el obispo Alejandro de Alejandría consagró una Iglesia en honor de la Madre de Dios. Se sabe, además, que en la iglesia de la Natividad en Palestina, que se remonta a la época de Constantino, junto al culto al Señor, se honraba a María recordando la milagrosa concepción de Cristo.
 
En la liturgia eucarística hay datos fidedignos mostrando que la mención venerativa de María en la plegaria eucarística se remonta al año 225 y que en las fiestas del Señor -Encarnación, Natividad, Epifanía, etc.- se honraba también a su Madre. Suele señalarse que hacia el año 380 se instituyó la primera festividad mariana, denominada indistintamente «Memoria de la Madre de Dios», «Fiesta de la Santísima Virgen», o «Fiesta de la gloriosa Madre».
 
El testimonio de los Padres de la Iglesia 
 
El primer Padre de la Iglesia que escribe sobre María es San Ignacio de Antioquía (+ c. 110), quien contra los docetas, defiende la realidad humana de Cristo al afirmar que pertenece a la estirpe de David, por nacer verdaderamente de María Virgen. "Fue concebido y engendrado por Santa María; esta concepción fue virginal, y esta virginidad pertenece a uno de esos misterios ocultos en el silencio de Dios".

 
En San Justino (+ c. 167) la reflexión mariana aparece remitida a Gen 3, 15 y ligada al paralelismo antitético de Eva-María.
 
En el Diálogo con Trifón, Justino insiste en la verdad de la naturaleza humana de Cristo y, en consecuencia, en la realidad de la maternidad de Santa María sobre Jesús y, al igual que San Ignacio de Antioquía, recalca la verdad de la concepción virginal, e incorpora el paralelismo Eva-María a su argumentación teológica.
 
Se trata de un paralelismo que servirá de hilo conductor a la más rica y  constante teología mariana de los Padres.
 
San Ireneo de Lyon (+ c. 202), en un ambiente polémico contra los gnósticos y docetas, insiste en la realidad corporal de Cristo, y en la verdad de su generación en las entrañas de María. Hace, además, de la maternidad divina una de las bases de su cristología: es la naturaleza humana asumida por el Hijo de Dios en el seno de María la que hace posible que la muerte redentora de Jesús alcance a todo el género humano. Destaca también el papel maternal de Santa María en su relación con el nuevo Adán, y en su cooperación con el Redentor.
 
En el Norte de África Tertuliano (+ c. 222), en su controversia con el gnóstico Marción, afirma que María es Madre de Cristo porque ha sido engendrado en su seno virginal.
 
En el siglo III se comienza a utilizar el título Theotókos (Madre de Dios). Orígenes(+ c. 254) es el primer testigo conocido de este título. En forma de súplica aparece por primera vez en la oración Sub tuum praesidium. que –como hemos dicho anteriormente- es la plegaria mariana más antigua conocida. Ya en el siglo IV el mismo título se utiliza en la profesión de fe de Alejandro de Alejandría contra Arrio.

A partir de aquí cobra universalidad y son muchos los Santos Padres que se detienen a explicar la dimensión teológica de esta verdad -San Efrén, San Atanasio, San Basilio, San Gregorio de Nacianzo, San Gregorio de Nisa, San Ambrosio, San Agustín, Proclo de Constantinopla, etc.-, hasta el punto de que el título de Madre de Dios se convierte en el más usado a la hora de hablar de Santa María.
 
La verdad de la maternidad divina quedó definida como dogma de fe en el Concilio de Efeso del año 431.
 
 “¿Y después de la muerte del Salvador? María es la Reina de los Apóstoles; se encuentra en el Cenáculo y les acompaña en la recepción de Aquél que Cristo había prometido, del Paráclito; les anima en sus dudas, les ayuda a vencer los obstáculos que la flaqueza humana pone en su camino: es guía, luz y aliento de aquellos primeros cristianos”.(San Josemaría Escrivá)
 
Las prerrogativas o privilegios marianos
 
La descripción de los comienzos de la devoción mariana quedaría incompleta si no se mencionase un tercer elemento básico en su elaboración: la firme convicción de la excepcionalidad de la persona de Santa María -excepcionalidad que forma parte de su misterio- y que se sintetiza en la afirmación de su total santidad, de lo que se conoce con el calificativo de “privilegios” marianos.
 
Se trata de unos “privilegios” que encuentran su razón en la relación maternal de Santa María con Cristo y con el misterio de la salvación, pero que están realmente en Ella dotándola sobreabundantemente de las gracias convenientes para desempeñar su misión única y universal.

Estos privilegios o prerrogativas marianas no se entienden como algo accidental o superfluo, sino como algo necesario para mantener la integridad de la fe.
 
San Ignacio, San Justino y Tertuliano hablan de la virginidad. También lo hace San Ireneo. En Egipto, Orígenes defiende la perpetua virginidad de María, y considera a la Madre del Mesías como modelo y auxilio de los cristianos.
En el siglo IV, se acuña el término aeiparthenos —siempre virgen—, que San Epifanio lo introduce en su símbolo de fe y posteriormente el II Concilio Ecuménico de Constantinopla lo recogió en su declaración dogmática.
 
Junto a esta afirmación de la virginidad de Santa María, que se va haciendo cada vez más frecuente y universal, va destacándose con el paso del tiempo la afirmación de la total santidad de la Virgen. Rechazada siempre la existencia, de pecado en la Virgen, se aceptó primero que pudieron existir en Ella algunas imperfecciones.
 
Así aparece en San Ireneo, Tertuliano, Orígenes, San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Efrén, San Cirilo de Alejandría, mientras que San Ambrosio y San Agustín rechazan que se diesen imperfecciones en la Virgen.
 
Después de la definición dogmática de la maternidad divina en el Concilio de Efeso (431), la prerrogativa de santidad plena se va consolidando y se generaliza el título de “toda santa” –panaguía-. En el Akathistos se canta “el Señor te hizo toda santa y gloriosa” (canto 23).
 
A partir del siglo VI, y en conexión con el desarrollo de la afirmación de la maternidad divina y de la total santidad de Santa María, se aprecia también un evidente desarrollo de la afirmación de las prerrogativas marianas.
 
Así sucede concretamente en temas relativos a la Dormición, a la Asunción de la Virgen, a la total ausencia de pecado (incluido el pecado original) en Ella, o a su cometido de Mediadora y Reina. Debemos citar especialmente a San Modesto de Jerusalén, a San Andrés de Creta, a San Germán de Constantinopla y a San Juan Damasceno como a los Padres de estos últimos siglos del periodo patrístico que más profundizaron en las prerrogativas marianas.´

Los dones del Espíritu: la Sabiduría

De las catequesis del Papa Francisco (9 de abril de 2014)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy comenzamos un ciclo de reflexiones sobre los dones del Espíritu Santo. Ustedes saben que el Espíritu Santo constituye el alma, la linfa vital de la Iglesia y de cada cristiano: es el Amor de Dios que hace de nuestro corazón la morada y entra en comunión con nosotros. El Espíritu Santo siempre está con nosotros, siempre está con nosotros, está en nuestro corazón.
El Espíritu mismo es "el don de Dios" por excelencia (cf. Jn 4,10), es un regalo de Dios y a su vez comunica a quien lo recibe distintos dones espirituales. La Iglesia identifica siete, un número que indica simbólicamente plenitud, integridad; son aquellos que se aprenden en la preparación para el sacramento de la Confirmación y que invocamos en la antigua oración llamada "Secuencia del Espíritu Santo". Los dones del Espíritu Santo son sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.
1. El primer don del Espíritu Santo, de acuerdo con esta lista, entonces es la sabiduría. Pero no se trata meramente de la sabiduría humana, no, esta sabiduría humana que es fruto del conocimiento y la experiencia. En las Escrituras se relata que Salomón, en el momento de su coronación como rey de Israel, había pedido el don de la sabiduría. He aquí que la sabiduría es precisamente esto: es la gracia de poder ver cada cosa con los ojos de Dios, es simplemente esto, es ver el mundo, ver las situaciones, las coyunturas, los problemas con los ojos de Dios. Esta es la sabiduría. Algunas veces nosotros vemos la cosa según nuestro gusto o según la situación de nuestro corazón, con amor o con odio, con envidia. Y no, este no es el ojo de Dios. La sabiduría es lo que hace el Espíritu Santo en nosotros para que nosotros veamos todas las cosas con los ojos de Dios. Es éste el don de la sabiduría.
2. Y obviamente que este don viene de la intimidad con Dios, de la relación íntima que nosotros tenemos con Dios, de la relación de hijos con el padre. Y el Espíritu Santo cuando tenemos esta relación nos da el don de la sabiduría. Y cuando estamos en comunión con el Señor, el Espíritu Santo es como si transfigurase nuestro corazón y le hiciera percibir todo su calor y su predilección.
3. El Espíritu Santo hace entonces al cristiano una persona "sabia". Esto, sin embargo, no en el sentido de que tiene una respuesta para todo, que lo sabe todo. Una persona sabia no tiene esto en el sentido de Dios, sino en el sentido de que "sabe" de Dios, sabe cómo actúa Dios, conoce cuando una cosa es de Dios y cuando no es de Dios; tiene esta sabiduría que Dios da a nuestros corazones. El corazón del hombre sabio en este sentido tiene el gusto y el sabor de Dios. ¡Y cuánto es importante que en nuestras comunidades haya cristianos así! Todo en ellos habla de Dios y se convierte en un signo hermoso y vital de su presencia y de su amor. Y esta es una cosa que no podemos improvisar, que no podemos obtener de nosotros mismos: es un don que Dios da a los que se hacen dóciles al Espíritu Santo.
Y nosotros tenemos dentro, en nuestro corazón, al Espíritu Santo; podemos escucharlo o, podemos no escucharlo. Si escuchamos al Espíritu Santo, Él nos enseña este camino de la sabiduría, nos regala la sabiduría que es ver con los ojos de Dios, sentir con los oídos de Dios, amar con el corazón de Dios, juzgar las cosas con el juicio de Dios. Esta es la sabiduría que nos regala el Espíritu Santo, y todos nosotros podemos tenerla. Sólo pídanla al Espíritu Santo. Pero, piensen en una madre, en su casa, con los niños, que cuando uno hace una cosa, el otro piensa otra, y la pobre madre va de un lado a otro, con los problemas de los niños. Y, cuando las madres se cansan y gritan a sus hijos ¿esto es sabiduría? ¿Regañar a los niños -les pregunto - es sabiduría? Qué dicen ustedes: ¿es sabiduría, o no? ¡No! En cambio, cuando la madre toma al niño y lo regaña dulcemente y le dice: "Pero, esto no se hace, por eso... ", y se lo explica con tanta paciencia, ¿esto es sabiduría de Dios? ¡Sí! Eso es lo que nos da el Espíritu Santo en la vida, ¿eh? Luego, en el matrimonio, por ejemplo, eh, los dos cónyuges -el marido y la mujer- se pelean y luego no se miran o, si se miran, se miran con la mala cara: ¿esto es la sabiduría de Dios? ¡No! En cambio, si se dice: "Va, ya pasó la tormenta, hagamos las paces", y recomienzan a ir adelante en paz: ¿esto es sabiduría? [La plaza: dice sí] Es éste: es el don de la sabiduría. Que venga a casa, para estar con los niños, con todos nosotros! Y eso no se aprende: esto es un don del Espíritu Santo. Para ello, tenemos que pedirle al Señor que nos dé el Espíritu Santo y que nos dé el don de la sabiduría, de aquella sabiduría de Dios que nos enseña a mirar con los ojos de Dios, a sentir con el corazón de Dios, a hablar con las palabras de Dios. Y así, con esta sabiduría, vamos adelante, construimos la familia, construimos la Iglesia y todos nos santificamos. Pidamos hoy la gracia de la sabiduría. Y pidámosla a la Virgen, que es la sede de la sabiduría, de este don: que Ella nos dé esta gracia. Gracias.

Aquel sábado en que, en la sinagoga, leyeron a Isaías (José Luis Martín Descalzo)

Creo que este poema de José Luis Martín Descalzo nos puede ayudar a entrar en esta próxima Semana Santa, descubriendo junto con la Virgen María el gran amor que Dios nos manifiesta en su entrega hasta la muerte de cruz.

Aquel sábado en que, en la sinagoga, leyeron a Isaías
Todos los sábados María acudía a la sinagoga, porque la Palabra de Dios era su mejor alimento. Pero, desde “lo del ángel”, todo lo que allí se leía estaba, para ella, como poblado de campanas. Y es que no había palabra de las Escrituras que a ella no le hablase del Chiquitín que albergaba dentro. Todo le parecía una biografía anticipada de su Pequeño.
Hasta que, un día, el encargado de la lectura tomó el rollo de Isaías 52 y, en voz alta dijo:

“Mirad, mi Siervo tendrá éxito,
subirá y crecerá mucho.
Como muchos se espantaron de Él,
porque, desfigurado, no parecía hombre
ni tenía aspecto humano,
así asombrará a muchos pueblos.

Y María, que escuchaba,
toda se entenebrecía,
y su corazón sangraba
y, temblando repetía:
“¡Ay dolor, dolor, dolor!
¿Si seréis Vos, mi Señor?”

Y el lector prosiguió:

Lo vimos sin aspecto atrayente,
despreciado y evitado de los hombres,
como Varón de dolores
acostumbrado a sufrimientos,
ante el cual se ocultan los rostros,
despreciado y desestimado.

Las palabras del profeta
su corazón traspasaban
y, mezclados con el llanto,
sus gemidos se escapaban:
“¡Ay, sangra, corazón mío,
que está hablando de mi Niño!”

Y continuó el lector:

Él soportó nuestros sufrimientos
y aguantó nuestros dolores;
nosotros lo estimamos leproso,
herido de Dios, humillado;
pero Él fue traspasado por nuestras rebeliones,
triturado por nuestros crímenes.

Y María se alegraba
de ver al hombre salvado,
mas era madre y temblaba
por el hijo maltratado
“¡Ay, mi amor, mi amor, mi amor!
¿Por qué has de ser redentor?”

Y, dando la vuelta al rollo, la palabra del lector continuó penetrando a María como una espada:

Nuestro castigo saludable cayó sobre Él,
sus cicatrices nos curaron.
Todos errábamos, como ovejas,
cada uno siguiendo su camino;
yDios cargó sobre Él todos nuestros crímenes.
Maltratado, se humillaba
yno abría la boca:
como cordero llevado al matadero,
como oveja ante el esquilador;
enmudecía y no abría la boca.

María se preguntaba
por qué no podría ser
como los demás su Hijo:
Un hijo para querer.
“¡Ay, mi pequeño cordero
Conducido al matadero!”

Y el lector siguió golpeando  y golpeando:

Lo arrancaron de la tierra de los vivos,
 por los pecados de mi pueblo lo hicieron.
Le dieron sepultura con los malvados
y una tumba con los malhechores,
aunque no había cometido crímenes
ni hubo engaño en su boca.
El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento
y entregar su vida como expiación.

Y recordando a aquel ángel
que un día la visitó
pensaba: “¡Qué lejos de todo
lo que Gabriel me anunció!”
y preguntó: “Ángel de luz,
¿me habrás engañado tú?”

Y el lector concluyó su lectura diciendo:

Porque expuso su vida a la muerte
y fue contado entre los pecadores,
Él tomó el pecado de muchos
e intercedió por los pecadores.

Y María se inclinaba
ante el misterio de Dios
y aceptaba pagar ella
el mal que no cometió.
“¡Ay, hijo mío adorado,
no tengas miedo, mi amor,
que cuando llegue el dolor
vas a tenerme a tu lado!”

José Luis Marín Descalzo

Aspectos que aporta María a la espiritualidad de Nazaret

 INTRODUCCIÓN

¿Cómo hablar de María con la suficiente ternura, con la necesaria verdad? ¿Cómo explicar su sencillez sin retóricas y su hondura sin palabrerías? ¿Cómo decirlo todo de ella sin inventar nada, si lo único que realmente conocemos con certeza de ella por los evangelios no va más allá de doce o catorce líneas?

MARIA, MUJER COTIDIANA
Situar a María en su vida cotidiana a menudo se nos escapa y centramos nuestra mirada en las intervenciones divinas que la sitúan en un piano enormemente cercano al misterio, a veces incluso fundiéndose en El. Dichos acontecimientos trascienden lo meramente humano y nos hacen, quizá, dejar en un segundo lugar la vida diaria de María; olvidando así, que esa vida de cada día tiene mucho que contarnos y aclararnos de aquella de quien afirmamos que es Madre de Dios y Madre nuestra.
Acercarse a la biografía de María de Nazaret se hace difícil principalmente por la escasa referencia que de ella encontramos en los evangelios, pero sin duda de esos pasajes, contados. pero a la vez ricos en contenido, podríamos deducir, sin temor a equivocarnos, la grandeza de una mujer de a pie a quien no todo le vino resuelto por el hecho de haber sido elegida por Dios para que diera acogida en su seno a Jesús.
No tuvo que ser nada fácil abrirse al proyecto de Yahvé en sus años adolescentes. El "hágase" dicho al ángel no es una respuesta idealista propia de sus anos, sino una respuesta consciente que se traduce en coherencia a los pocos días en su actitud de servicio con Isabel.
San Juan relata otra escena en la que este compromiso con la construcción del Reino se hace patente en un gesto humano y sencillo de María: su sensibilidad femenina ante el apuro de los novios de Cana, "no tienen vino", ¡qué propio de una mujer intuir que algo no va bien en los rostros preocupados de los anfitriones! María es extraordinaria y a la vez un testimonio cuya proyección resulta para el cristiano un modelo de configuración por su forma de aterrizar en lo habitual y diario.
Es extraordinaria en su disponibilidad y fe absolutas. Sus "Si" firmes y confiados a la voluntad de Dios nos hacen percibir que Ella era una criatura especial, diferente, pensando incluso que pudiera estar hecha de otra pasta distinta a la nuestra. Sin embargo... María es plenamente humana, plenamente mujer, plenamente cotidiana. Es en esta cotidianidad de María donde se va forjando la fuerza interior para radicalizar la opción por Dios en Nazaret, Belén, Cana, Getsemaní o Jerusalén; porque a pesar de la admiración que pueda producir lo grandioso: DIFÍCIL, inmensamente difícil, ES LO PEQUEÑO.
María vive intensamente cada momento, haciendo de ese momento un instante y un lugar privilegiado de encuentro con Dios. Es la fidelidad en los pasos pequeños y constantes del andar cotidiano lo que cristaliza en un "Si" absoluto en las situaciones que exigen una contundencia valiente y generosa.
Sin duda, las grandes obras maestras se realizan a través de numerosas pinceladas, todas ellas de una calidad indiscutible.
Como diría Leonardo Boff: "...Ella es una humilde, pobre y anónima aldeana, pero en Ella también se encuentro e/ puño de convergencia de los impulses vitales femeninos... como madre, esposa, hermana y amiga" Todas estas dimensiones incuestionablemente femeninas y cotidianas constituyen el marco perfecto para que María, sin dejar de ser una mujer normal, sea una colaboradora excepcional y directa con el plan salvífico de Dios. Asume constantemente los acontecimientos del día a día como su historia de salvación personal, en la que lo ordinario y lo extraordinario, lo sencillo y lo complicado, lo grande y lo pequeño, adquiere un sentido decidido de entrega y de comunión con el ser humano y con lo divino.
María vive como nadie al servicio del proyecto de Dios porque es capaz de transformar la rutina en oportunidad para hacer presente el Reino, porque abraza ilusionada el don de la vida para dar, y porque, aun habiendo sido elegida por Dios, no introduce su vida en un paréntesis al margen del resto de la humanidad, sino que sigue siendo una mujer de a pie, una mujer cotidiana.
Casi no vemos rasgo alguno extraordinario en el exterior de la Virgen. No es, al menos, eso lo que la Escritura subraya. Su vida es presentada como algo muy simple y común en lo exterior. Ella hace y sufre lo que hacen y sufren las personas de su condición -mujer judía. con todo lo que eso conlleva en aquella época-. Visita a su prima Isabel, como lo hacen los demás parientes. María va a inscribirse a Belén, con otros más. Su pobreza la obliga a retirarse a un establo. Vuelve a Nazaret, de donde la alejara la persecución de Herodes; y vive con Jesús y José, que trabajan para procurarse el pan cotidiano.


1.- UNA PRIMERA VALORACIÓN
No son pocos los cristianos que quedan sorprendidos, si es que no defraudados, cuando se percatan de la escasa atención que presta a María la Palabra de Dios. Pasan por alto dos hechos, que - más que explicar tal desinterés -ayudan a centrar la devoción por la madre de Jesús en el corazón mismo del evangelio.
No puede ser casual que hayan sido los evangelios los únicos libros del NT que nos recuerdan a María y su aventura de fe. No podía haber quedado la evocación canónica de María mejor colocada; allí donde los primeros testigos recogieron cuanto sabían sobre "todos /os cosas que Jesús desde un principio hizo y enseñó" (Hch 1,1), no pudo faltar María.
La memoria apostólica de Jesús ha rescatado - ¡y para siempre! - del olvido a María. Por sobria que se nos antoje su presencia en la tradición apostólica o poco relevante el papel que allí se le asigna, el hecho es que ello mismo obliga a mantener cercano al Cristo del evangelio a quienes deseen acercarse a la virgen de Nazaret. Lo que significa que para ser, en verdad, mariano, el creyente ha de ser más evangélico.
No es fruto del azar, tampoco. el que hayan sido Lucas y Juan los dos evangelistas más recientes, los más próximos a nosotros - es un decir — y más alejados de los hechos que narran, quienes nos han transmitido, más que retrato de su persona, un esbozo de su aventura de fe. Cuanto más débil se estaba haciendo la memoria apostólica, más nítida aparece en ella la figura de María; cuanto más probada la fidelidad de las comunidades cristianas, mas modélica la peregrinación creyente de María (Lucas) y más eficaz su acompañamiento en la vida de fe de los discípulos de su Hijo (Juan). Las primeras generaciones cristianas que descubrieron a María como creyente ejemplar y madre de discípulos fieles, vivían acosadas en su fe y tentadas por el aparente abandono de su Señor. Su devoción por María no fue pasatiempo inútil ni juego de sentimientos; fue, y debería seguir siéndolo hoy, ocupación para tiempos difíciles.


2.- MARIA DE NAZARET: Una mujer pobre y de pueblo
¿Cómo veían, pues, las primeras comunidades cristianas a María? ¿Qué creían de ella?

1 - QUE DIOS SE HABÍA HECHO HOMBRE EN MARIA.
Eso está muy claro para la comunidad: que María es la madre de Jesús de Nazaret, y que este Jesús, y no otro, es el Hijo de Dios que se hizo hombre en María.

2. QUE MARIA, LA MADRE DE JESÚS, ES MUJER ANTES QUE MADRE.
María, antes que madre, fue mujer. Una mujer que consciente y libremente se arriesgó y asumió sus responsabilidades:
Ante Dios: dio su Sí a Dios después de cerciorarse bien sobre lo que se le pedía (Lc. 1, 34-38)
Ante la sociedad: arriesgándose a ser criticada (Mt. 1.18).
Ante la historia: respondiendo a Dios con todo su yo humano, femenino, en la misión más importante encomendada por Dios a una persona (Lc. 1,31-33. 38; Jn. 19,25).
María contó con un esposo, José, que la respetó (Mt 1,18-19), creyó y confió en ella (Mt. 1,24-25), la dependió (Mt.2,14).
INMACULADA Y HUMANA:
En la fiesta de la Inmaculada celebramos que en María no hay nada de mancha o pecado. Concebida desde el amor y para amar. Entrañada en Dios, que es Amor.
Pero fue humana. No podemos decir que María no sintiera nuestras debilidades o tentaciones. No va a ser ella menos humana que su Hijo. No debió ser nada fácil para ella vivir radicalmente su fe, entregarse a la voluntad de Dios, vivir enteramente para los demás. No le debió ser nada fácil callar, decir que si, escuchar palabras que no entendía o anuncios dolorosos, aceptar cómo su Hijo cada vez se iba haciendo más mayor. Hubo que sufrir la duda, la lucha, el miedo, la humillación. Hubo de temblar y llorar ante el vaciamiento radical que se le pedía. Fue humana María. No fue diosa, distante de la humanidad.

3. QUE MARIA, LA MADRE DE JESÚS, ES UNA MUJER POBRE, UNA MUJER DEL PUEBLO
Dios fue enteramente libre para escoger a la madre de su Hijo. ¿A qué María escoge Dios, de entre tantas mujeres, para Madre de su Hijo hecho hombre? ¿A qué "señora" elige?
+ A UNA MUJER JUDÍA. María pertenece al pueblo judío, un pueblo pequeño, entonces pobre, colonizado y ocupado militarmente por el Imperio Romano (Lc. 2,1-7). María es de una región, Galilea, despreciada por los de la capital (Jn. 7,52), de un pueblito del que se dice "¿De Nazaret puede salir algo bueno?" (Jn. 3,46)
+ A UNA MUJER POBRE. Esta es la realidad. Dios no escoge a una princesa. a una persona importante, Lo podía hacer. Pero María ni siquiera es la prometida de un sacerdote judío (y había 7.200 en aquella nación tan pequeña), ni de un doctor (escriba), ni siquiera de un piadoso fariseo. Mucho menos es la mujer de un hacendado, ganadero o comerciante judío. De una mujer pobre nació el Hijo de Dios en la tierra. María se convierte en el sacramento de la opción de Dios por los pobres.
+ A UNA MUJER DEL PUEBLO. La madre de Dios es María de Nazaret, un pueblecito pequeño, más bien caserío. Es una mujer campesina. Como su hijo Jesús "el de Nazaret" (Cf. 1,45-46), nació y vivió pobre en medio de su pueblo. Da a luz a su hijo en un establo y no tiene otra cuna para él que un pesebre de animales (Lc. 2,7-19). Cuando su esposo José lo Lleva por primera vez al templo. presentan la ofrenda de los pobres (Lc. 2,34; cfr. Lv.12,8).
María y José no tenían dinero para dar estudios a Jesús: "Los dirigentes judíos se preguntaban extrañados ¿cómo sabe este tanto si no ha estudiado?" (Jn. 7,15). Cuando Jesús vuelve a Nazaret, donde se había criado, como profeta que dice y hace cosas maravillosas. lo desprecian por ser hijo de una pobre mujer de pueblo: "El hijo de María" (Mc. 6,1-6).

4. QUE A ESA MARIA Y N0 A "OTRA" ESCOGIÓ DIOS.
Los hijos queremos lo mejor para nuestras madres. Y lo mejor que quiso Dios, lo mejor que quiso Jesucristo para su madre es que ella fuese una mujer pobre, una mujer del pueblo, ¿por qué será? Por supuesto que María era consciente de ser una mujer pobre, del pueblo, y lo aceptó, y lo quiso, y dio gracias por el hecho de que ella, siendo pobre y del pueblo, fuese la favorecida por Dios:
"Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque se ha fijado en su humilde esclava (Lc. 1,46-48-49)
El buen hijo no se avergüenza de su madre. Dios. Jesús, no se avergüenza de María de Nazaret. ¿Y nosotros nos vamos a avergonzar de ella cubriéndola con galas que no van con una mujer del pueblo, con una mujer pobre? Dios la quiso con otras "prendas".
María de Nazaret, la única Virgen María que existe, no es un ídolo extraño, de otro mundo, enjoyada, arrancada del pueblo, apartada, y sentada e identificada con los poderosos. Así no la quiso Dios. El único Dios vivo y verdadero, el Dios de Jesús, quiso y buscó a la madre de su hijo donde mejor, según El, podía estar al alcance de todos y ser buscada: en el pueblo pobre y humillado, donde todos, pobres y ricos, podían fácilmente encontrarla. Porque así es Dios.
'YO. EL SEÑOR, QUE SOY EL PRIMERO. YO ESTOY CON LOS ÚLTIMOS' (Is. 41.4)
No buscó lo grande, lo brillante, lo influyente, ni siquiera lo santo: buscó una muchacha, la más pequeña del pueblo más vulgar de la nación más oprimida.
No es que fuera tan buena y tan santa que atrajera la mirada y el corazón de Dios, sino que la mirada y el amor de Dios la hizo tan buena y tan santa. La iniciativa siempre parte de Dios, y cuando El actúa deja siempre la marca inconfundible de la pequeñez y la humildad.
0 sea, que Dios no quiere nuestras cosas, sino nuestro vacío; no quiere nuestras virtudes, sino nuestra pobreza, no quiere nuestros méritos, sino nuestra fe. Al que se cree digno y capaz, Dios le deja que se las arregle por su cuenta. Pero al que se cree pequeño e insuficiente, Dios le acaba enviando el ángel de la Anunciación.


3.- EN NAZARET
«La vida oculta de Nazaret —enseña Pablo VI- permite a todos entrar en comunión con Jesús a través de los caminos más ordinarios de la vida humana: "Nazaret es la escuela donde se comienza a entender la vida de Jesús: la escuela del Evangelio...Una lección de silencio ante todo. Que nazca en nosotros la estima del silencio, esta condición del espíritu admirable e inestimable... Una lección de vida familiar. Que Nazaret nos enseña lo que es la familia, su comunión de amor, su austera y sencilla belleza, su carácter sagrado e inviolable... Una lección de trabajo. Nazaret, oh casa del "Hijo del Carpintero" aquí es donde querríamos comprender y celebrar la ley severa y redentora del trabajo humano ...; cómo querríamos, en fin, saludar aquí a todos los trabajadores del mundo entero y enseñarles su gran modelo, su hermano divino"» (Pablo VI, Discurso 5 enero 1964 en Nazaret, cit en CEC, 533)
Nos imaginamos que la familia de Jesús no destacaba en nada, salvo en la perfección con que hacían las cosas sencillas. Durante el largo tiempo que Jesús estuvo en Nazaret, nada hicieron que valiera un comentario en la alta sociedad o una línea de los sabios y los historiadores. No se hacían milagros, No hubo curaciones prodigiosas. Por otra parte no se ahorraron trabajos y penalidades. La verdad, que no era gente de pantalla, eran buena gente, servicial y acogedora,  de pueblo. Mejor así.
María es la reina del hogar. Se impone desde dentro, estimula con aliento, dirige con su ejemplo. Su trabajo no es rentable, pero es imprescindible, lo más valioso. Ella va imponiendo su perfume y su marca en el hogar. No es que María fuera extraordinariamente grande, sino que Dios se hizo extraordinariamente pequeño.
Pero María era grande en su capacidad de acogida. Toda persona es capaz de Dios, pero la capacidad de María no tenía límites, porque estaba vacía de si. Por eso la vemos siempre a la escucha, guardando y meditando; siempre tenía algo que aprender, porque no sabía; siempre tenía algo que recibir, porque era pobre; siempre tenía algo que crecer, porque era pequeña.


UN FIAT PARA LA ETERNIDAD
El FIAT. Palabra bendita que no nos cansamos de agradecer. Aquí va a terminar el largo Adviento del mundo y de la historia. Primero confiesa su pequeñez. Acaba de escuchar las más grandes alabanzas que una mujer, una criatura puede oír, pero ella vive en la verdad. Ella se sabe pequeña, hecha para servir, pobre esclava. Ella solo es en cuanto vive por y para Dios, por y para los demás.
EL HÁGASE: es el Sí que hizo posible la Encarnación. Supone docilidad, entrega total. Supone un acto de fe inmenso. Supone una renuncia a todo y un poner su vida radicalmente en las manos de Dios. María es toda una historia afirmativa.
Ella es la docilidad pura; no solo cumple una voluntad divina, sino que se deja hacer "Hágase en mí". Sabe que si le dejamos hacer a Dios, El sacará de nuestro barro una obra maestro. No es fácil dejarse hacer. Nosotros tenemos mucho miedo a Dios. Parece que perdemos libertad, si tenemos que hacer lo que El quiere. Y tenemos miedo a que nos pida mucho, a que cargue demasiado su mano, a la hora de la poda o de la transformación. María fue la que se fió, la que no tuvo miedo, la que dejó hacer a Dios.
Una fe que es al mismo tiempo confianza: creer, fiarse del otro; que es amor: entrega total de la vida, desinteresada, generosa; que es también cumplimiento fiel de la voluntad del otro, de su menor deseo. Una fe siempre atenta a los acontecimientos: los reflexiona (Lc. 2,19,51); una fe que la lleva a reaccionar ante ellos: ayudando a los demás (Lc. 1,36-39; Jn. 2,1-3).
Juan Pablo II, en la "Redemptoris Mater", hace esta extraordinaria afirmación por la que sentimos a María totalmente cercana a nosotros: "María, la Madre, está en contacto con la verdad de su Hijo únicamente en la fe y por la fe.... "María ha pronunciado este fiat por medio de la fe, Por medio de la fe se confió a Dios sin reservas y se consagró totalmente a si misma... a la persona y a la obra de su Hijo" (n° 13).
¡Como nosotros! Porque así es también nuestra fe. ¿0 no?

Creer en la fe cada día con particular fatiga de corazón.
Si algo distingue la fe de María es la de ser una fe puesta continuamente a prueba por la realidad de la vida. Ella tenía su idea de Dios. La "palabra de Dios", bien conocida por María, lo nombraba el "Todopoderoso" (Ext. 6,3); "Altísimo" (Gn. 14,18-22). "Dios Justo y Salvador" (Is. 45,21), el "Santo" (Ext. 15,11), el que "reina por siempre jamás" (Ext. 15,18). Y el ángel le había asegurado que su hijo sería nada menos que Hijo de este Dios Altísimo "para el que no hay nada imposible" (Lc. 1,31 -37).
Pero ¿dónde está el "Hijo del Altísimo", el "Consagrado", "Hijo de Dios"? ¿Es ese poco de carne palpitante que nace de su vientre en una situación de extrema pobreza (Lc. 2,7) y María recoge en sus brazos y limpia ayudada por José? ¿Ese es el camino para reinar: huir a Egipto, País lejano y extraño porque "Herodes buscaba al niño para matarlo"? (Mt.2,13-15)
María tiene que alimentar al bebé Jesús pues llora inconsolable; lo limpia porque si no hiede; lo arropa y estrecha fuerte en cálido abrazo porque hace frío.
¿Dónde queda el TODOPODEROSO?
Y durante la mayor parte de su vida, su hijo Jesús de Nazaret, bebé, niño, adolescente, joven, hombre maduro, no se distingue de los demás varones con los que convive (lee Mt. 6,1-3).
¿Dónde está el "Santo", el "Hijo de Dios" del que habló el ángel?
Dios calla: "el silencio de Dios" en la vida.


MARIA, MUJER CONTEMPLATIVA
María es modelo insuperable de contemplación. Desde el principio estaba siempre abierta a la presencia de Dios. Estaba hambrienta de Él. Lo buscaba en su familia y en su pueblo, que guardaban tan hermosas y fuertes tradiciones; lo buscaba en las Escrituras.
Sentía necesidad de Dios, porque lo amaba indeciblemente. Pero era Dios el que primero amaba a María misteriosamente. Así Dios y María se encontraron sustancialmente. Entonces María adquirió otro grado de contemplación. Ya solo necesitaba mirar hacia dentro. En su seno se realizaba un misterioso intercambio, lo humano y lo divino se mezclaban. María contemplaba al hijo de Dios en y desde sus propias entrañas.
Después, ¿quién podrá separar a una madre de la contemplación de su hijo? María se estará siempre mirando en los ojos y en el rostro de Jesús. Y todo lo que vea y lo que oiga y lo que sienta lo guardará en su corazón.

MARIA, MUJER CRISTIFICADA
De tanto mirar a su hijo, María se lo había aprendido de memoria. Había asimilado sus palabras, sus ideales, sus actitudes, sus sentimientos. Fue la primera y más fiel discípula de Jesús, discípula aventajada. Ella dio vida a su hijo biológicamente, pero el hijo le daba vida a ella espiritualmente. Nadie como María pudo vivir en Cristo y como Cristo, porque estaba llena del Espíritu de Cristo.
MARIA, MUJER EUCARÍSTICA
María fue el primer sagrario de Jesús. Por otra parte, las actitudes marianas tienen que ver profundamente con las actitudes eucarísticas, prescindiendo de que ella comulgara o no:
+ La Eucaristía es misterio de fe: María es modelo de fe: "Dichosa por haber creído".
+ La Eucaristía obedece al mandato de Jesús: "Haced esto en memoria mía". María: Haced lo que El os diga.
+ En la Eucaristía la comunidad responde: "Amén". María dijo: Fiat.
+ La Eucaristía se expone para ser adorado. María se expone a Isabel, que sintió y alabó la presencia misteriosa.
+ En la Eucaristía se renueva la ofrenda y el sacrificio de Jesús. María ofreció a Jesús, a los 40 días, en la patena de sus brazos.
+ La Eucaristía es alabanza y acción de gracias. María recoge estos sentimientos y actitudes en su Magnificat.


MARIA, MUJER SOLIDARIA

EL SACRAMENTO DEL ENCUENTRO 0 LA VISITACIÓN
María de Nazaret, ante el privilegio de haber sido elegida para ser la madre de Dios encamado, del Mesías:
- No se queda extasiada. fuera de sí por la alegría.
- No permanece pasiva, encerrada en su mundo de jovencita embarazada que necesita atención, cuidados, mimos.
- No se lanza a publicar su privilegio y alegría.
María sale de su mundo, de si misma y viaja " a toda prisa a la montaña, a la provincia de Judea" (Lc. 1,39), Lo que realmente empujó a María a visitar a Isabel fue la caridad, una caridad hecha de pequeños detalles:
+ El estar-con: la cercanía, el calor de la presencia, el toque y el facto.
+ El alegrarse con: el compartir las alegrías y las emociones, las esperanzas y las ilusiones, hacerlas suyas, sin envidiar.
+ El creer-con: el poner en común los toques de Dios en sus vidas, el experimentar el amor de Dios y constatar que eso es lo que más les une, el orar en sintonía.
+ El servir a: ofrecer y aceptar los servicios que mutuamente se quieren prestar, cosas sencillas, quizá, pero hechas con mucha generosidad. Es el apostolado de la bondad.
Destacar también el ritmo y la dirección. María va con prisa, porque la caridad urge. El ritmo lo ha de poner el que necesita, no el que da. En cuanto a la dirección se acierta cuando se corre hacia el Sur.

EL MAGNIFICAT:
(la revolución de los adverbios: que donde se dice arriba se diga abajo, que donde se dice mucho se diga poco, que donde se dice mal se diga bien, los poderosos abajo y los pobres arriba, los señores mal y los esclavos bien)
Esta palabra de María es la más larga y revolucionaria. Merece todo un tratado
+ Es alabanza gozosa y agradecida. Mira a Dios, se mira a sí misma, y no puede contener el himno y agradecimiento. Es el éxtasis del corazón (Juan Pablo II, RM 36). Canta la autodonación de Dios, que se ha hecho realidad en sus entrañas.
+ Es memorial agradecido: porque las promesas de Dios han empezado a cumplirse. Es el Dios que se ha volcado sobre su niño Israel, sobre su niña María; sobre todos sus niños, los descendientes de Abraham por la fe.
+ Es profecía esperanzada: ha llegado la hora en que todo va a cambiar. Dios ha hecho opción por los pobres y pequeños. Que todos los humildes se abran a la mayor esperanza. María es la Virgen de los pobres. Y se solidariza con ellos. Les dice que Dios los prefiere y los colmará de bienes, como ha hecho con ellas. ¿Nos sentimos pobres y pequeños? ¿Nos solidarizamos con ellos?
Nuestros encuentros, nuestras visitaciones, nuestras liturgias, tendrían que parecerse más a la Visitación de María. Empezar por alabarnos más unos a otros y reconocer las cosas buenas que Dios hace en cada uno. Es bueno que nos digamos cosas buenas. Pero que todo termine en alabanza y agradecimiento a Dios. Y que nuestras oraciones sean más gozosas. Que multipliquemos los aplausos. Que no nos guíe la rúbrica, sino el Espíritu. Que no hagamos rutina de los sacramentos, sino apertura al misterio.

Y SU MADRE LE DIJO: ¿POR QUÉ NOS HAS HECHO ESTO? ... TU PADRE Y YO TE ANDÁBAMOS BUSCANDO

Palabra de angustia. palabra de búsqueda, experiencia de vacío y de dolor, de incomprensión. Perder a Jesús significa un inmenso dolor y vacío. Jesús era para María su absoluto, el don que Dios le había encomendado. Ellos Vivian para él. Y él ahora se pierde, mejor, se ausenta libremente. María habla de angustia. ¿Cómo no? Es la noche triste. Algo de esto sufre el alma cuando Dios se ausenta. ¿Por qué, Dios mío? ¿Tendré yo la culpa?
Y sigue la búsqueda: "Te andábamos buscando". Duró tres días, pero eso es siempre significativo. A los tres días llega siempre la resurrección.
Esta actitud de búsqueda es paradigma para todos. Dios se hace buscar. La búsqueda capacita para el encuentro. Se busca desde la fe y la purifica. Se busca con esperanza y la fortalece.

4.- CONCLUSION: Ser y sentirse criatura de Dios
Al contemplar a María, ella en seguida nos advierte: NO os quedéis fijos en mí. Yo no soy nada. Yo solo soy una relación, un signo admirativo de orientación. Soy el índice que señala al sol. Mirad al sol. Es verdad, María en sí misma y por sí misma, no es nada, es un ánfora vacía, es una pequeñez, es una esclava. Pero hay un milagro por medio, un milagro en etapas.

1.- Lo primero es que ella RECONOCE Y ACEPTA SU POBREZA: María es lúcida. No se engaña. No se cree la primera, ni una diosa. Vive en la verdad. Y la verdad de la criatura es su contingencia. su incapacidad. La criatura es, de por si, lucecita que se puede apagar en cualquier momento. Puede convertirse en barro, en pesadez, en tremenda oscuridad. Si conociéramos toda nuestra verdad, quizá nos espantaríamos, y tendríamos que pedir a Dios, como el cura de Ars, que nos quitara un poco de esa luz.

2.- Lo segundo es la APERTURA: María tenía su ánfora enteramente abierta. Estaba así como pidiendo ser llenada.

3.- Lo tercero es la PLENITUD. María pedía a gritos a Dios que la llenara. Y Dios estaba pidiendo a gritos que se dejara llenar.
La grandeza de María no está tanto en su nombre, sino en sus relaciones, en su capacidad de ser para los demás. La grandeza de María esta en el en, en el de, en el con, en el por y en el para. María no es el en sí y para si, sino en Dios, de Dios, con Dios, por Dios y para Dios. Este conjunto de relaciones es lo que la define. Ella es de Dios, vive en Dios y Dios en ella, esta con Dios, lo hace todo por Dios y para Dios. ¿QUIÉN ES MARIA? Es la criatura que no se pertenece a sí misma, sino que es enteramente de Dios, que está enteramente de Dios, que está enteramente en Dios. que vive enteramente por y para Dios; es la mujer de Dios. Es el beso de Dios a nuestro barro humano. Y Dios besa a María en el lecho cotidiano de Nazaret...
- En Nazaret podemos recuperar a María porque allí la encontramos sin pedestal, ni hornacinas, sino calzada con sandalias recorriendo coda día los quehaceres de la casa; la vemos ir a la fuente, limpiar, hilar...,
- Nazaret es como la casa materna de María, allí donde podemos recobrar y reencontrar el gusto por lo sencillo y lo cotidiano, el deseo de la interioridad que los valores del Reino nos proporcionan... El Espíritu de Dios en el momento de su elección, te ha concedido su favor, le da la gracia para la misión que va a realizar... porque Dios quiso ser carne de su carne y sangre de su sangre... María fue la que educó a Jesús... cuando Jesús fue diciéndonos como era el Reino, era porque antes lo había aprendido de María... Ella le enseñó a mirar a la humanidad... María pronuncia un cántico, en el que nos enseña todo lo que los pobres de Yahvé habían creído: Dios es un Dios que salva... un Dios que viene a invertir todos los valores, que nos enseña a mirar de otra manera, a hablar de otra manera, a rezar de otra manera... valorando lo que los demás no valoran y dejando que caigan quienes otros levantan...
- Nazaret es el momento de vivir con hondura la soledad. No hablo de una soledad física, sino de la soledad interior, de la metafísica. Da la sensación de que Dios había descorrido para María la cortina del infinito, y, luego, la había abandonado en la vulgaridad del tiempo de los hombres.
- Nazaret es el momento de la fe como capacidad para soportar dudas. Dudas, preguntas, cientos de preguntas que nunca encontraban respuesta en el corazón de María. Aquella espada que un día, ya lejano, anunció Simeón, iba ahondando en su alma, al ver como su hijo aparecía como salvador de algunos y condenación de muchos.
- Nazaret es el momento de encontrar la santidad en la aceptación de la oscuridad de la fe. El FIAT no había sido una frase, ni una entrega de un momento. Treinta años implacables fueron estirando el alma de María y haciendo que la plenitud de gracia del primer día fuera de hora en hora más ancha y más honda.
- Nazaret es el momento del crecimiento del Reino. Los recuerdos que ella conservaba en su corazón no estaban en él como joyas en un joyero, sino como las semillas bajo la buena tierra; crecían, se desarrollaban, daban el ciento por uno.
- Nazaret es el momento de estar atentos a la escucha... a escuchar lo que nos dice la vida a nuestro alrededor. Estar atentos a tomar en cuenta en forma muy especial y preferente las necesidades de los más débiles, de los que son marginados y despreciados, de los que todo lo necesitan y casi no tienen voz. Estar dispuesto a pasar por la vida tratando de descubrir las necesidades de cariño de todos los que nos rodean y las necesidades de libertad y justicia tanto de los que tenemos cerca. Querer ser, en todos los ambientes, receptores de los profundos anhelos de vida que nuestro Dios suscita y promueve abundantemente, en forma siempre novedosa en este convulsionado tiempo nuestro.

- Nazaret es el momento de acoger, "re-cordar" y discernir... Acoger en el corazón lo escuchado, percibido y vivido, sin rechazar lo que nos descoloca, asusta o molesta. Luego, "re-cordarlo", es decir, volver a pasarlo por el corazón, para sentirlo en profundidad y poder entonces discernir mejor hacia donde apuntan las fuerzas de vida, de generosidad y de creatividad escondidas en toda relación y en todo acontecimiento.
- Nazaret es el momento de atreverse a dar los pasos necesarios para responder a la llamada y para ser fieles a la "encarnación" y al crecimiento de esta semilla de nueva vida que nos ha sido regalada a cada uno por nuestro Dios.
- Nazaret es el momento de la encamación. Dejar que Dios se encarne en nosotros. Abrir los ojos para encontrar en el otro al Dios encarnado.
- Nazaret es el momento de descubrir que Dios irrumpe en la vida y la colma de sentido, como expresó María en el Magnificat

Que el ESPÍRITU nos ayude a un nuevo nacimiento, a una nueva manera de saber, mirar, pensar, juzgar, sentir y actuar, que es la misma manera de su HIJO JESÚS, al que ella ayudó a crecer y llenarse de gracia. Aprendamos a mirar desde esta perspectiva a las personas con las que convivimos o trabajamos. Con María necesitamos ser creyentes: unificando nuestro ser, más allá de las apariencias. Nos sentamos junto a ella para escucharla y hablar con ella de las dificultades de nuestra FE y de nuestras oscuridades y dudas y le decimos que, como ella, tengamos un corazón parecido al suyo, que Ella nos contagie su capacidad de ir y venir por la vida... Que la PALABRA nos vaya dando la sabiduría de saber vivir en lo cotidiano, con la gente sencilla.
Con Ella queremos contestarnos las preguntas que a veces no tienen respuesta, y desde Ella aprendemos a mirar la vida de otra manera... junto a Ella siempre hay un lugar de descanso para nuestras inquietudes... Ella es quien nos cura nuestras fiebres de eficacia... Con Ella sabremos callar las tentaciones de querer dominar y por Ella sabremos soportar la monotonía del trabajo diario. Acostumbrémonos a ser como María, que vivió en la oscuridad de lo cotidiano, desde el trabajo anónimo en una aldea perdida, para saber acompañar a Jesús, acompañando a los hombres y mujeres de hoy: Desde Belén hasta Jerusalén, pasando por Galilea... que es lo mismo que decir: metamos a María de Nazaret en la vida cotidiana, para encontrarnos con Jesús...


Para Concretizar:

•¿QUÉ SUPONE PARA NOSOTROS MARÍA DE NAZARET?
María ha sido, en muchas ocasiones para nosotros, la gran desconocida, alejándola de nuestra vida ordinaria de fe, Hemos compartido nuestra reflexión, y hemos de acercarnos a ella, descubriéndola como:
Modelo de mujer, de madre y de discípula.
Mujer sencilla, pobre, humilde y receptiva al Si de Dios a la humanidad. Mujer de fidelidad absoluta a Dios. Primera creyente, porque conoce al Dios del Amor.
Mujer de fe, de entrega, atenta a las necesidades del hermano, comprometida en lo cotidiano. Cuanto más cercana se descubre, mas nos identificamos con ella. Señal luminosa que nos marca el camino hacia su Hijo.
Profeta de nuestro tiempo.
En ella descubrimos como Dios se hace presente y salva en la debilidad.

• ASPECTOS QUE NOS DESCUBRE MARIA PARA VIVIR LA ESPIRITUALIDAD DE NAZARET
Reencontrar el gusto por lo sencillo, sin preocupamos por la eficacia en la tarea cotidiana.
Cercanía, escucha y disponibilidad.
Acogida al otro -especialmente al inmigrante- y apertura a sus necesidades.
Vivir con hondura la soledad física y espiritual.
Actuar desde la profundidad de la fe -sobre todo para soportar las dudas.
Nos descubre cómo se va realizando la salvación desde lo sencillo.
El crecimiento del Reino también se va haciendo en lo cotidiano, a pesar de que nos gustaría ver pasos más decisivos tanto en la sociedad cómo en la Iglesia.
Ser capaces de dar una respuesta valiente a la llamada,
Nos cuesta mucho aún aprender de los silencios de Dios en nuestra vida.

• ¿QUÉ PUEDE APORTAR LA ESPIRITUALIDAD DE NAZARET A NUESTRA SOCIEDAD ACTUAL?
El vivir desde la esperanza.
Acompañar, amistad gratuita, disponibilidad.
Saber estar en el mundo, comprenderlo, quererlo y hacer realidad nuestra fe en medio de él.
Favorecer hogares: lugares de acogida, de calor fraterno, sin problemas de agenda ni horarios para el que lo necesita.
Apostolado de la bondad: sencillez, sonrisas, abrazos y palabras amables.
Actitud de tolerancia con el distinto, de servicio al otro.
Personas orantes, despojadas de poder.
Evangelizar con la presencia, con la amistad, encarnarnos - poner amor y esperanza en el corazón de los problemas- en las realidades de los que conviven a nuestro lado.
Vivir en pobreza efectiva, entregando el corazón -nuestra única riqueza- a "fondo perdido".
Contemplativos en la acción
Hacer y hablar: necesidad de la coherencia fe-vida. Que nuestros testimonios de palabra vayan acompañados de nuestras obras.
Dar razones de nuestras preocupaciones: anunciar y denunciar.


MUJER DE CADA DÍA (CASALDALIGA)
Mientras crece la noche, cada día
prende el Amor su llama
en tu candil de aceite desvelado,
siempre igual y creciente.
El pan de tus moliendas se cuece, cada día.
bajo el fuego tranquilo de tus ojos,
mientras crece también la madrugada.
La fuente de la plaza te entrega, cada día, su limosna
mientras le crece el corazón al mundo.
Como el ave del Tiempo vas y vienes.
de la casa a la calle, del Misterio al misterio,
muchas veces al día,
y llevas con tus pasos el compás de las horas...
Tú sabes qué es vivir a pulso lento,
sin novedad para la prensa humana.
Apenas sin distancia: la de un grito.
En esta pobre aldea que vigilan
las higueras comadres
y el centinela de un ciprés oscuro.
-¿De Nazaret va a salir algo bueno?
José viene cansado, cada noche.
Y el Niño trae el hambre entre los dedos
por undécima vez.
-¿Qué quieres, hijo?
(Las almendras se miran, asustadas de gozo,
y el plato ríe miel por todas partes).
Tú ya has dejado el huso sobre el banco dormido
y la lana suspira blancamente.
Esta mañana has ido por retama,
y te sangran las manos, en silencio,
y te huelen las manos a lejía de yerbas.
Has ordeñado luego las dos cabras sumisas,
y sabes toda a leche.
Ayer vino el siroco, y te abrasó las flores.
Hoy irrumpe el simún
como una tropa de soldados romanos,
y hay que cerrarlo todo y, con la prisa, a oscuras.
se te pierde una dracma. rescatada
del tributo de Herodes.
Si las vecinas rompen tu retiro, como gallinas locas,
tú sonríes.
Un día nace un niño, y tú lo acunas.
Y un día muere un hombre, y tú lo velas.
En la olla inservible crece un lirio morado,
y tú riegas su lenta profecía.
Nazaret se despuebla, cuando llega la Pascua,
y tú marchas con todos.
peregrina del Templo,
con Yahvé de la mano,
con un salmo en la boca.
La ruta de Israel converge en tus sandalias.
Y los caminos múltiples del mundo
arrancan de tus pies caravaneros.
Tu corazón no para, día y noche.
Día y noche recogen sus limpios cangilones
el agua de la Vida.
Y el Verbo se hace Hombre, día y noche,
delante de tus ojos,
al filo de tus manos,
detrás de tu silencio...

MARTÍN DESCALZO
Gracias por haber sabido ser una mujer de pueblo,
por no haber necesitado ni ángeles, ni criadas
que te amasaran el pan y te hicieran la comida,
gracias por haber sabido vivir tantos años sin milagros ni prodigios,
gracias por haber sabido que estar llena
no es estarlo de títulos y honores, sino de amor.
Gracias por haber respetado la vocación de tu Hijo
cuando se fue hacia su locura,
por no haberle dado consejitos prudentes,
gracias por haberle dejado crecer y
por sentirte orgullosa de que Él te superase.
Gracias por haber sabido quedarte en Nazaret,
en silencio y en la sombra durante su misión.

Fuente: http://www.carlosdefoucauld.org/